El Estado la llama problema. Yo la llamo patrimonio. Un texto sobre comida callejera, política de clase y lo que se pierde cuando desalojamos las ollas de las esquinas
Entre el humo del fogón y el cansancio del camino, la cocina antioqueña se revela como un mapa de memoria. No nació en los manteles, sino en la travesía del arriero, en las ollas ennegrecidas, en la arepa que sustituyó al pan y en los fríjoles que aprendieron a resistir. Este texto es una mirada profunda a su herencia ibérica, sefardí e indígena: un fuego que, más que alimentar, ha enseñado a vivir.
Encender una llama es más que un gesto cotidiano: es un eco ancestral. El fuego no solo nos dio alimento, también nos dio comunidad, palabra y memoria.
La cultura alimentaria de Medellín se diluye entre apps de domicilio, brunchs importados y menús para turistas. Este artículo reflexiona sin adornos sobre lo que estamos dejando perder cuando olvidamos cómo y por qué cocinábamos.
La Ciudad de Antioquia tiene un calor que no se parece al de otros pueblos. No es solo el sol que se derrama sobre los techos de teja ni el que hace brillar las piedras blancas de las casas coloniales, sino un calor que se siente en el aire mismo, como si todo estuviera hecho de fuego lento. Quizás por eso no me sorprendió que, en medio de ese clima abrasador, me ofrecieran un trago que lleva por nombre candela . La primera vez fue en una tienda de esquina cerca del Parque de
La demolición de la Casa de la Cultura de Sopetrán no fue solo la caída de un edificio: fue el derrumbe simbólico de un espacio que tejía memoria, identidad y comunidad. Esta reflexión critica la falta de transparencia, la prisa administrativa y la incapacidad de comprender que el patrimonio es más que tapias viejas: es la vida cultural de un territorio que merece ser escuchado y defendido.
En un mundo cada vez más uniforme, los saberes ancestrales representan una frontera de resistencia. Este ensayo explora el valor del patrimonio cultural inmaterial en Colombia y América Latina, analizando su papel como memoria viva, su relación con el poder y los desafíos de preservarlo en tiempos de globalización y consumo cultural.
En silencio y sin reconocimiento, las mujeres campesinas han sostenido la vida y la memoria de América Latina. Madres de la Tierra es un homenaje a esa dignidad invisible que habita en sus gestos cotidianos.
Getsemaní nunca necesitó que un consejo lo nombrara patrimonio para serlo. El barrio ya cargaba consigo una memoria histórica, una identidad marcada por la resistencia y una vida comunitaria que lo distinguía dentro de Cartagena. Lo que acaba de ocurrir con su inclusión en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de Colombia es apenas la formalización de algo que ya existía. Pero el problema con las declaratorias es que muchas veces llegan tarde: cuando la
Beatriz González no pintó la historia de Colombia: pintó la forma en que aprendimos a mirarla mal. Una reflexión personal sobre su obra, la imagen gastada, la memoria y el país que ella observó sin concesiones.
Este texto explora a Federico García Lorca desde una mirada personal y cultural, leyendo La casa de Bernarda Alba como metáfora política de España, entendiendo su libertad, su lucidez y las razones de su muerte. Un ensayo en voz propia sobre el hombre, su teatro y el país que lo silenció.
“Umbrales del Vacío: Arquitecturas del Recuerdo” es una serie de dibujos nacida de un viaje al País Vasco, donde lo medieval y lo industrial, lo marinero y lo urbano, conviven en tensión poética. Son arquitecturas imaginadas que no buscan ser habitadas, sino contempladas: umbrales que enmarcan el vacío y transforman la memoria en espacio simbólico.
La Navidad no nació como una celebración cristiana, sino como un ritual ancestral ligado al solsticio de invierno. Este texto recorre su origen pagano, su apropiación por el cristianismo y su persistencia como memoria simbólica de la humanidad frente a la oscuridad.
El vampiro no nació del terror, sino del deseo. Es el reflejo de nuestra obsesión por la vida, el cuerpo y la eternidad. Un mito que habla de culpa, fe y hambre. Este texto explora su simbolismo más profundo: la sangre como memoria, el cuerpo como altar.
Entre 1910 y 1950, Medellín fue una ciudad que respiraba a café y a esperanza.
El humo de las fábricas se mezclaba con el perfume de los teatros, y los sueños de Amador, Mejía y Goovaerts dieron forma a una urbe que creyó que el trabajo y la belleza podían caminar de la mano.
Hoy, su memoria sigue latiendo en el aroma del café La Bastilla, en los ecos del Teatro Junín y en los pasos invisibles de una ciudad que aún no se resigna al olvido.
La educación universitaria atraviesa una crisis profunda: se enseña a agradar, no a pensar. En este ensayo, Xaime Betancur reflexiona sobre la pérdida del rigor académico, la fragilidad emocional de los estudiantes y la transformación de la universidad en un espacio de comodidad. Una defensa del pensamiento, la exigencia y la educación como acto de resistencia.
Un manifiesto íntimo para abrir este blog: una invitación a viajar despacio, comer con memoria y quedarse en los lugares que hablan. El primer sorbo de un camino narrado en crónicas culturales.