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Madres de la Tierra: Un homenaje a la dignidad silenciosa de las mujeres campesinas.

Hombre joven se toma una selfie con una mujer mayor que teje en un telar, rodeados de lanas coloridas y tejidos andinos, ambiente alegre.
Madre Tejedora (Chinchero - Perú)

En América Latina hablar de la tierra es hablar de la mujer. No como metáfora romántica ni como recurso literario fácil, sino porque en la vida concreta de este continente son las mujeres campesinas quienes han cargado sobre sus espaldas la continuidad de la vida. Sus cuerpos han sido los primeros en levantarse con la aurora, sus manos las que siembran, desgranan, recogen, crían y cuidan. Ellas no solo trabajan la tierra: ellas son la tierra. Y sin embargo, pocas veces se les reconoce ese lugar central en nuestra cultura.


El relato oficial nos ha acostumbrado a mirar hacia arriba, a admirar monumentos, próceres y batallas. Pero lo verdaderamente esencial se ha sostenido desde abajo, en lo invisible: en los patios, en las cocinas, en los cafetales y en las huertas. Allí habitan las mujeres que transforman la fatiga en dignidad, que convierten la rutina en memoria y que con gestos pequeños, casi inadvertidos, sostienen lo que somos. Una mazorca guardada, un cántaro cargado en la cabeza, un racimo de caña apretado contra el pecho, una semilla protegida en un frasco viejo: cada acto de esos, repetido por generaciones, es un archivo vivo de lo que somos como pueblos.


Lo brutal de nuestra historia es que esas mujeres han sido sistemáticamente invisibilizadas. Doble y triple explotación: por ser mujeres, por ser campesinas, por ser pobres. Se ha cantado a la fertilidad de la tierra, se ha idealizado el campo en canciones y discursos, pero siempre borrando a la mujer real que lo sostiene. En el lenguaje cotidiano se habla de la “ayuda” de la campesina, como si su trabajo fuera secundario, como si ella no fuera el núcleo de todo. En esa distorsión cultural se oculta lo que en verdad sostiene la vida.


La mujer campesina latinoamericana es la guardiana del tiempo. Sus manos transmiten los ritmos de la siembra y la cosecha, sus cantos marcan la memoria oral, sus cuidados protegen la semilla y la comunidad. Ha sabido transformar el dolor en ternura y la fatiga en costumbre. Y esa contradicción —la dureza de la jornada junto a la dulzura de la mirada— no la quiebra: la vuelve eterna. Si nuestras cocinas guardan tradiciones, si nuestras mesas todavía huelen a maíz, café, cacao o caña, es porque hubo mujeres que nunca dejaron de sembrar, de guardar, de cocinar.


No hablamos de retratos individuales, hablamos de símbolos colectivos. Madres, hijas, hermanas, abuelas: una cadena anónima que rara vez aparece en los relatos históricos, pero que ha tejido silenciosamente la memoria entera del continente. Lo que en ellas vemos no es la nostalgia de un campo perdido, sino la vigencia de una resistencia diaria. Una mujer que acarrea agua, que cría animales, que amasa el pan, que enciende la leña: ahí está lo esencial de la cultura latinoamericana, ahí se conserva lo que ninguna estatua puede decir.


La invisibilidad duele, el olvido pesa. Nadie cuenta las horas que pasa inclinada sobre los surcos, nadie reconoce el cansancio de llevar al mismo tiempo un canasto en la espalda y un niño en los brazos. Nadie escribe que de esas manos agrietadas depende que haya alimento, que haya fiesta, que haya comunidad. Sin ellas la tierra sería muda. Pero ahí están, en silencio, resistiendo sin pedir nada. Y aunque no buscan ser recordadas, deben serlo. Porque lo que sostienen no es solo fruto: es la vida misma.


Por eso Madres de la Tierra no es un capricho visual, sino una necesidad de reconocerlas. Un acto de memoria contra el olvido. No se trata de embellecer la pobreza ni de suavizar la fatiga, sino de poner en el centro la dignidad callada que habita en sus gestos. Porque la verdadera raíz de este continente no está en los discursos, está en los cuerpos que cargan, siembran, recogen y cuidan.


Grabado en blanco y negro de una figura con capucha sosteniendo un cabrito. Fondo oscuro y texturado. Texto: "La Crianza 1/20, 2023."
"La Crianza" - Madres de la Tierra (2025)

Esta serie de obras es un homenaje. Cada imagen encarna esa fuerza silenciosa que atraviesa a las mujeres campesinas. No son retratos de personas concretas, son símbolos colectivos: la mujer con el cacao en sus manos, la que aprieta la caña contra el pecho, la que sostiene un animal pequeño, la que reza en silencio con las manos entrelazadas. Son figuras que nos obligan a detenernos, a reconocer lo que el relato oficial ignora, a escuchar en su silencio una voz poderosa.



Madres de la Tierra quiere ser un recordatorio: ellas existen, ellas resisten, ellas son la tierra misma. Y si hay algo que aún sostiene nuestra memoria, es porque sus manos, invisibles para la historia, nunca dejaron de trabajar.



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