Candela: El fuego que se bebe en las esquinas
- Xaime Betancur

- 3 sept
- 4 Min. de lectura

La Ciudad de Antioquia tiene un calor que no se parece al de otros pueblos. No es solo el sol que se derrama sobre los techos de teja ni el que hace brillar las piedras blancas de las casas coloniales, sino un calor que se siente en el aire mismo, como si todo estuviera hecho de fuego lento. Quizás por eso no me sorprendió que, en medio de ese clima abrasador, me ofrecieran un trago que lleva por nombre candela.
La primera vez fue en una tienda de esquina cerca del Parque de La Chinca, un domingo cualquiera. El vaso era pequeño, desparejado, de esos que parecen haber pasado por muchas manos. El líquido dorado olía fuerte, con un dejo de caña y humo. Al probarlo, sentí el golpe seco en la garganta y después una suavidad inesperada. No tenía la pulcritud de los licores de etiqueta, ni pretendía tenerla. Lo que tenía era carácter, un sabor campesino que no pedía permiso.
La candela se mueve en la ciudad como si fuera parte de su respiración. No necesita anuncios ni campañas; basta caminar por una vereda, entrar en una cocina o sentarse en la plaza para que aparezca, discreta pero presente. Lo curioso es que no está asociada a la ostentación. No es la bebida que alguien presume para mostrarse elegante. Todo lo contrario: es un licor cercano, accesible, compartido sin protocolo. Y ahí radica buena parte de su fuerza.
Algunos dicen que lo barato nunca es bueno. Pero cada trago de candela desmiente esa frase. Su precio bajo no significa ordinariez, sino algo más profundo: una voluntad de estar al alcance de todos. Ese detalle la convierte en un licor democrático. No divide por clases, no marca distancias entre quienes pueden pagar y quienes no. En una mesa de candela, todos beben lo mismo. Y en un país como este, donde casi todo separa, eso no es poca cosa.
He visto cómo la candela acompaña las fiestas de barrio, cómo aparece en caminatas hacia las fincas, cómo se sirve en reuniones improvisadas al final de la tarde o en las largas noches de tertulias en Santa Bárbara. Siempre con la misma naturalidad. Hay quienes la toman sola, fuerte y directa. Otros prefieren rebajarla con hielo, con limón, con gaseosa. Y también están los que dejan que repose con frutas durante semanas hasta que el sabor se vuelve más amable, más parecido a un vino casero. Cada preparación cuenta otra historia: la de un pueblo que no necesita abundancia para inventar formas de celebrar.
En los caminos de tierra, cerca de los cultivos, todavía se siente el olor del maíz fermentado y la panela cocinándose para transformarse en licor. He tenido la suerte de ver cómo, en alambiques sencillos, se destila ese vapor que más tarde se convertirá en candela. Nada industrial, nada moderno: solo el tiempo, la paciencia y el saber de quienes aprendieron de sus padres y abuelos. Al observarlos entendí que la candela no es simplemente una bebida, sino un oficio, una manera de resistir al olvido.
Lo que me sorprende es cómo ha logrado sobrevivir a todo. Los controles oficiales, las persecuciones, los prejuicios. A pesar de todo eso, sigue estando en la mesa, sigue circulando en botellas sin etiqueta, sigue encendiendo las gargantas. Y no porque sea clandestina en el sentido criminal, sino porque es parte de una tradición que no se deja arrinconar. Es patrimonio vivo, aunque nadie lo declare en una resolución.
Me gusta pensar que cada vaso de candela es una pequeña lección sobre la identidad santafereña. La ciudad se enorgullece de su puente, de sus iglesias barrocas, de sus calles empedradas. Y con razón. Pero la candela recuerda que la cultura no siempre está en lo monumental, sino también en lo cotidiano. Que la historia no solo se cuenta en los libros, sino también en los tragos que se comparten sin hacer ruido.
Una vez, caminando por la plaza, un hombre me ofreció candela en una botella que alguna vez había contenido otro licor. Era vidrio reciclado, sin etiqueta, con el dorado visible a través del sol de la tarde. Me dijo que la prefería porque no lo dejaba con guayabo, porque era limpia, “de la tierra”. No sé si tenía razón, pero lo creí. No porque quisiera convencerme, sino porque hablaba con la certeza de quien no tiene dudas sobre lo que bebe. En ese momento comprendí que la candela no necesita justificarse: existe porque forma parte de la vida de quienes la producen y la consumen.
No niego que a veces me pregunto cómo sería verla convertida en un producto formal, con su propia marca, con una botella diseñada para el mercado internacional. Imagino la etiqueta con referencias a Santa Fe, los turistas comprándola como recuerdo, las ferias gastronómicas incluyéndola como novedad. Podría pasar. Y sería interesante. Pero también temo que en ese camino se pierda algo: la naturalidad, la cercanía, la sensación de estar bebiendo algo que pertenece a todos y no a unos pocos.
Alguien podría decir que exagero. Que al fin y al cabo no es más que un trago fuerte, barato, popular. Tal vez. Pero en cada cultura hay símbolos que no se explican del todo con lógica. La candela es uno de esos símbolos. Es un pedazo de historia líquida que se transmite en silencio, una costumbre que se repite sin necesidad de discursos, una manera de mantener encendido un fuego común.
Cada regreso a Santa Fe me recuerda lo mismo. Camino por las calles calientes, miro las fachadas coloniales, cruzo el puente, y en algún momento alguien me ofrece un vaso de candela. Y yo lo acepto. No porque necesite beber, sino porque en ese gesto reconozco algo más: la persistencia de un pueblo en lo que es suyo, la memoria que se guarda en lo sencillo, la identidad que se enciende en lo cotidiano. Por eso es que hoy, a pesar de no ser Santafereño de nacimiento pero si de corazón, me declaro orgullosamente “Candelero”.





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