top of page

Contra la educación ligera: el peso perdido del pensamiento universitario.

La universidad se ha vuelto un espacio que evita el conflicto, suaviza la crítica y teme a la exigencia. En su intento de ser amable, corre el riesgo de volverse irrelevante. Este texto no busca nostalgia, sino lucidez: pensar lo que estamos perdiendo cuando la educación deja de pesar.


Hombre sentado en una oficina frente a un portátil y cuaderno. Fondo con notas y dibujos en corcho. Ambiente creativo y concentrado.

Después de quince años de docencia universitaria, he llegado a una conclusión que no me resulta cómoda: algo esencial se está desvaneciendo en la educación contemporánea. No hablo de recursos, ni de infraestructura, ni de metodologías. Hablo del sentido mismo de educar. De esa responsabilidad que alguna vez tuvimos como instituciones para formar pensamiento, criterio y carácter, no solo para “enseñar habilidades”. Hoy, en muchas partes del mundo, la universidad se enfrenta a una mutación silenciosa: se le pide que sea liviana, que no incomode, que emocione, que entretenga.


Se ha vuelto común escuchar que el aprendizaje debe ser una “experiencia significativa”, “inspiradora”, “amable”. Pero bajo ese lenguaje amable se esconde una paradoja peligrosa: cuanto más queremos que la educación sea agradable, menos profunda se vuelve. Hemos confundido el placer de comprender con el placer de distraerse. Y el aula, que alguna vez fue un espacio de conflicto intelectual, se convierte poco a poco en un escenario de entretenimiento emocional.


Lo veo cada semestre. Los estudiantes llegan cada vez más hábiles con la forma, pero más débiles en la argumentación. Saben presentar, pero no siempre comprenden. Hacen mucho, piensan poco. No porque carezcan de talento -lo tienen de sobra-, sino porque el sistema que los formó los ha entrenado para cumplir, no para cuestionar. En la escuela se les enseñó que el error debía evitarse, no explorarse; en la casa se les convenció de que toda emoción debía ser validada, no confrontada. Se formaron en entornos donde el conflicto se percibe como violencia, y la exigencia, como maltrato.


Esa pedagogía de la suavidad, sostenida por buenas intenciones, ha terminado por atrofiar la capacidad de resistir. Los jóvenes llegan a la universidad con un profundo temor al desacuerdo. Esperan un entorno emocionalmente seguro, no intelectualmente desafiante. Y cuando el aula no responde a esa expectativa, aparece la incomodidad, el malestar, la sensación de haber sido tratados con dureza. Pero pensar -pensar de verdad- siempre incomoda.


No es un fenómeno local. En universidades de distintos países ocurre lo mismo: el desplazamiento de la formación integral por el entrenamiento funcional, de la profundidad por la experiencia. La educación se mide en satisfacción, no en comprensión. Las instituciones, atrapadas entre las lógicas del mercado y la presión de la retención estudiantil, han incorporado esa visión del conocimiento como servicio. Ya no se evalúa cuánto se piensa, sino cuán bien se siente pensar.


Zygmunt Bauman lo advirtió al hablar de la modernidad líquida: vivimos en una época que celebra lo flexible, lo inmediato, lo transitorio. La educación, arrastrada por esa corriente, se ha vuelto también líquida. Todo debe fluir, nada debe pesar. Pero el pensamiento no fluye: resiste. Pesa. Se demora. Requiere tiempo y contradicción. Lo liviano entretiene; lo denso transforma.


Byung-Chul Han, desde otra orilla, lo explica con crudeza: la sociedad contemporánea ha eliminado la negatividad. Todo debe ser positivo, fluido, posible. Pero el pensamiento no nace en la positividad: nace en la fricción. Lo que incomoda, enseña. Lo que contradice, construye. Y sin ese “no” que estructura la reflexión, lo que queda es la apariencia de aprender, una simulación amable de conocimiento que no deja huella.


La educación básica contribuye también a este desarme. Los colegios, presionados por la competencia y por el discurso del bienestar, han ido abandonando la formación del carácter. Se evita el silencio, se premia cualquier respuesta, se suprime el conflicto. Se enseña a participar, pero no a argumentar; a opinar, pero no a pensar. Así, los estudiantes llegan a la universidad sin tolerancia al error, sin musculatura para la crítica, sin conciencia de la dificultad que implica comprender algo con profundidad.


Y cuando la universidad intenta recuperar ese rigor, el choque es inevitable. Un comentario crítico se interpreta como un ataque. Una evaluación exigente, como un abuso. Una nota baja, como una afrenta personal. El lenguaje del pensamiento se ha vuelto ofensivo para una generación que fue educada en la suavidad. Pero la suavidad no educa: adormece.


Los docentes también somos parte del problema. A veces cedemos por miedo: miedo a parecer inflexibles, a herir sensibilidades, a recibir una mala evaluación. Y en ese intento por no incomodar, terminamos renunciando a nuestra responsabilidad más alta: sostener el peso del conocimiento. Enseñar no es complacer; es confrontar. No es evitar el conflicto; es orientarlo.


No se trata de volver a un pasado autoritario, ni de celebrar la dureza como virtud. Se trata de recordar que la formación universitaria no puede diluirse en una pedagogía de la emoción. El conocimiento requiere rigor, lentitud, contradicción. Y esos tres elementos, hoy, parecen estar fuera de lugar. Vivimos en una época que premia la rapidez y sospecha del esfuerzo. Pero el pensamiento, para existir, necesita demora. Necesita tiempo para madurar, para equivocarse, para volver atrás.


La universidad -en Colombia, en América Latina, en el mundo- debe recuperar su sentido de profundidad. No puede seguir adaptándose a la lógica de la satisfacción inmediata. No puede reducirse a un laboratorio de proyectos bonitos y resultados rápidos. Tiene que volver a ser un lugar incómodo, donde se aprenda a argumentar, a soportar la crítica, a resistir el error.


La formación técnica tiene valor, por supuesto. Nadie discute su necesidad. Pero cuando la técnica se separa de la reflexión, se convierte en mera destreza. Y una destreza sin pensamiento es un acto vacío. Formar no es enseñar a hacer, sino enseñar a entender lo que se hace. La educación que no se pregunta por el sentido produce operadores, no profesionales; repetidores, no creadores.


Hannah Arendt lo formuló con una claridad que sigue siendo vigente: educar es introducir a los nuevos en un mundo que ya existe. Pero para hacerlo, el maestro debe conocer ese mundo en su complejidad, no ocultarlo tras la pantalla del entusiasmo. Debe mostrar su peso, su dificultad, su contradicción. Porque formar no es proteger del mundo, sino preparar para él.


Yo he visto el efecto que produce la exigencia bien entendida. Los estudiantes que realmente aprenden son los que soportan la incomodidad de no saber, los que se quedan un poco más tiempo pensando, los que aceptan que la crítica no es una afrenta sino una herramienta. Esos estudiantes entienden que el conocimiento tiene un precio, y que ese precio es el esfuerzo.


Por eso creo que enseñar hoy es un acto de resistencia. Resistir la cultura del agrado, que confunde empatía con debilidad. Resistir la lógica de la productividad, que mide todo en resultados y descarta lo que no se cuantifica. Resistir la tentación de hacer del aula un espacio emocionalmente perfecto, porque la perfección es enemiga del pensamiento.


Formar es, en última instancia, exigir sin pedir disculpas por exigir. Es sostener la frontera entre lo fácil y lo necesario. Es creer, todavía, que la incomodidad no destruye: construye. Que la crítica no hiere: afina. Que la educación no está para confirmar, sino para transformar.


El conocimiento pesa. Pesa en la mente, en el cuerpo, en la conciencia. Y quien no esté dispuesto a cargarlo, debería preguntarse si realmente quiere aprender. La educación no es una experiencia ligera, ni debe serlo. Es un proceso arduo, a veces frustrante, siempre exigente. Pero es justamente ese peso el que nos forma.

Si la universidad renuncia a ese peso, renuncia a su razón de ser. Y lo que queda no es educación: es entretenimiento con título.


Enseñar hoy, en este tiempo de inmediatez y complacencia, es mantener encendida la llama de lo que todavía puede ser serio. Es defender la profundidad en medio de la prisa, la verdad en medio del ruido, el pensamiento en medio del espectáculo. Porque solo cuando el conocimiento vuelve a pesar, la educación vuelve a tener sentido.


Comentarios


Suscribirse

Ayúdanos a mantener este espacio vivo
Donar con PayPal
bottom of page