Los saberes que resisten al olvido: una defensa del patrimonio cultural inmaterial
- Xaime Betancur

- 17 oct
- 6 Min. de lectura

Hay saberes que no caben en los inventarios ni en las listas del patrimonio nacional. Saberes que no necesitan vitrinas ni protocolos para existir, porque viven en el gesto cotidiano, en la transmisión afectiva, en la palabra que se repite de generación en generación hasta volverse raíz. En ellos se sostiene lo que somos como cultura: la continuidad de una memoria que resiste los embates del tiempo, la modernidad y el olvido. Lo curioso es que, aunque los celebramos en discursos y en días internacionales, seguimos tratándolos como piezas decorativas del pasado, como si lo ancestral fuera algo estático que debe preservarse en formol. Pero lo ancestral no es una reliquia, es una forma de pensamiento. Y esa forma de pensamiento está viva, aunque el mundo contemporáneo insista en reducirla a espectáculo, a mercancía o a simple curiosidad antropológica.
William Logan (2007) escribió que el verdadero patrimonio no está hecho de objetos, sino de personas. Esa afirmación, que parece obvia, transforma por completo nuestra mirada: el patrimonio no se guarda, se encarna. No pertenece a los ministerios, pertenece a la gente que lo habita, que lo reinventa y que lo transmite a pesar de los sistemas que lo clasifican o lo olvidan. En Colombia, ese patrimonio vivo palpita en las montañas y en las costas, en los tejidos que cuentan historias, en las mingas que aún convocan trabajo colectivo, en los cantos de cuna que sobreviven al ruido de las pantallas. Es un patrimonio que no se puede medir con estadísticas, porque su fuerza está en la experiencia, no en el registro.
Lo paradójico es que, mientras el país presume su diversidad cultural ante el mundo, las condiciones que permiten que esos saberes sigan vivos se erosionan día a día. Las comunidades que los sostienen son desplazadas, las lenguas se extinguen, los jóvenes migran y los oficios desaparecen. La globalización, la tecnificación del campo, las reformas educativas y la homogeneización del pensamiento han creado un ecosistema donde el conocimiento local parece no tener lugar. Se nos enseñó que solo lo escrito es verdadero, que solo lo académico tiene valor, que solo lo certificado puede llamarse conocimiento. Y así, poco a poco, hemos ido archivando nuestra propia inteligencia colectiva en nombre del progreso.
Martín Andrade Pérez (2014) advierte que las listas de patrimonio inmaterial no solo registran expresiones culturales, sino que también reproducen relaciones de poder. Decidir qué entra y qué queda fuera del inventario nacional no es un acto neutro; es una forma de legitimar ciertas voces y de silenciar otras. Lo que no se nombra se desvanece, y lo que se nombra bajo un marco institucional muchas veces pierde su contexto original. La burocracia convierte lo vivo en documento, lo espontáneo en expediente, y así lo intangible corre el riesgo de volverse un objeto más de gestión, despojado de su sentido profundo.
Esa es la contradicción con la que convivimos quienes trabajamos en patrimonio: entre la necesidad de proteger y el peligro de inmovilizar. Cada intento de conservación implica una tensión entre lo técnico y lo vital. Rodrigo Gutiérrez Viñuales (2013) ha señalado que la conservación del patrimonio latinoamericano no puede pensarse al margen de las desigualdades sociales y las tensiones de poder. Cuando el patrimonio se administra sin reconocer las condiciones históricas de exclusión y despojo que han vivido los pueblos, se convierte en un instrumento más de jerarquía cultural. No se trata solo de salvar tradiciones; se trata de devolverles dignidad y autonomía a quienes las encarnan.
El problema de fondo es que seguimos entendiendo la cultura como un conjunto de productos terminados, cuando en realidad es un proceso. La sabiduría ancestral no es un archivo que se abre y se consulta, es un flujo constante de conocimiento que se transforma con cada generación. En los pueblos, la enseñanza ocurre en los patios, en los caminos, en las huertas, no en las aulas. Los saberes no se transmiten como información, sino como vínculo. Y ese vínculo es precisamente lo que la modernidad ha roto. La educación formal, las políticas de desarrollo y los discursos del progreso han marginado los modos de aprender que no encajan en el modelo racional occidental. En nombre de la objetividad, hemos anulado la intuición, la oralidad, el cuerpo como fuente de conocimiento.
A veces pienso que lo que llamamos “sabiduría ancestral” es, en realidad, una manera distinta de estar en el mundo. Es una inteligencia sensible, colectiva, que parte del territorio y del respeto por la vida. No se trata de idealizarla, sino de reconocer su vigencia. Mientras la ciencia busca soluciones tecnológicas para la crisis climática, los pueblos originarios llevan siglos gestionando el equilibrio entre humanidad y naturaleza con principios que hoy llamamos sostenibilidad. En su cosmovisión no hay separación entre lo espiritual y lo material, entre lo humano y lo natural. Su ética del cuidado es también una epistemología: una forma de entender el conocimiento como relación y no como dominio.
Lourdes Arizpe (2013), una de las fundadoras del enfoque antropológico del patrimonio inmaterial, insistía en que los pueblos portadores de la cultura no son beneficiarios, sino autores. Esa frase debería ser grabada en la puerta de cada institución cultural. No se puede proteger lo ancestral sin devolverle poder a quienes lo crean. Las comunidades no necesitan salvadores ni tutores; necesitan interlocutores que sepan escuchar sin imponer categorías externas. Preservar no es apropiarse, ni traducir sin consentimiento, ni convertir el conocimiento colectivo en recurso económico. Preservar es acompañar. Es asegurar que la transmisión siga siendo posible, que la palabra siga teniendo eco.
Sin embargo, vivimos en una época que confunde preservación con consumo. Lo ancestral se volvió tendencia, se estetizó, se convirtió en marca. La espiritualidad indígena se vende en cápsulas urbanas, la medicina tradicional se mercantiliza como alternativa “orgánica”, los rituales se exhiben en ferias turísticas que reducen siglos de historia a una fotografía colorida. Lo que en su origen era vínculo con la tierra, comunidad y trascendencia, se transforma en mercancía efímera para satisfacer el deseo de autenticidad de las ciudades. Esta nueva forma de colonización simbólica no destruye los saberes directamente, pero los vacía. Los convierte en decorado, en experiencia rentable, en nostalgia para consumo rápido.
Los pueblos, sin embargo, resisten. Lo hacen con la paciencia de quien sabe que el tiempo no se mide en calendarios sino en ciclos. Siguen curando con plantas, contando historias, repitiendo canciones que nunca se escribieron. Siguen transmitiendo conocimiento sin necesitar permisos ni certificaciones. Y ese acto —el de seguir enseñando en sus propios términos— es en sí mismo una forma de resistencia cultural. Cada palabra en lengua indígena, cada receta, cada tejido que mantiene su código simbólico, es una afirmación contra la desaparición.
Por eso, más que rescatar, debemos aprender a escuchar. Las estrategias de “salvaguardia” solo tienen sentido si se acompañan de políticas que fortalezcan las condiciones materiales para que la transmisión continúe. Un saber no sobrevive en abstracto: necesita comunidad, necesita territorio, necesita sentido. No basta con declararlo patrimonio si el pueblo que lo sostiene no tiene agua, escuela o tierra. La preservación cultural no puede separarse de la justicia social.
Esa es quizá la mayor lección de los saberes ancestrales: que el conocimiento no es acumulación sino reciprocidad. Que lo que sabemos tiene valor solo si contribuye a la vida, no si se archiva como trofeo. Y que toda memoria que se comparte deja de ser pasado para convertirse en presente. La cultura, como la naturaleza, solo se conserva si permanece viva, si se adapta sin perder su raíz.
En un mundo cada vez más acelerado y uniforme, la sabiduría ancestral representa una de las últimas fronteras de diversidad. No porque sea exótica, sino porque es profundamente humana. Y su desaparición sería una pérdida no solo para quienes la practican, sino para todos. La crisis contemporánea —ambiental, espiritual, política— es también una crisis de sentido. Y en ese vacío, los saberes que nacieron del territorio, de la experiencia, de la escucha, pueden devolvernos algo que olvidamos: la posibilidad de entendernos como parte de un todo.
Cuando un tejido se rompe, la reparación no consiste en remendarlo con hilo ajeno, sino en reencontrar el hilo propio. Eso somos: un tejido frágil de memorias, de oficios, de gestos. Cada generación tiene la responsabilidad de continuarlo o de dejarlo caer. En nuestras manos está decidir si el patrimonio será una palabra gastada en un decreto o una llama que siga ardiendo, discreta pero persistente, en los patios, en los montes y en las voces que todavía recuerdan.
Referencias
Andrade Pérez, M. (2014). ¿A quién y qué representa la lista representativa del patrimonio cultural inmaterial de la nación en Colombia? Boletín de Antropología, 29(48), 54–80. Universidad de Antioquia.
Arizpe, L. (2013). Anthropological Perspectives on Intangible Cultural Heritage. Springer.
Gutiérrez Viñuales, R. (2013). La conservación y el patrimonio en América Latina: algunos temas de debate. Consejo Internacional de Monumentos y Sitios (ICOMOS).
Logan, W. (2007). Closing Pandora’s Box: Human Rights Conundrums in Cultural Heritage Protection. In H. Silverman & D. Fairchild Ruggles (Eds.), Cultural Heritage and Human Rights (pp. 33–52). Springer.





Comentarios