La Medellín de oro: crónica de una ciudad que no se deja olvidar
- Xaime Betancur

- 13 oct 2025
- 5 Min. de lectura
Actualizado: 17 oct 2025

Hubo una vez una Medellín que amanecía con el olor del café recién tostado, el jabón azul y la madera húmeda. El sol bajaba despacio por los cerros, y la luz —una luz de oro viejo— se posaba sobre los tejados de barro y los balcones con geranios. Era una ciudad que todavía respiraba con calma, que creía que el progreso era una virtud moral y que el trabajo podía limpiar el alma. Entre 1910 y 1950, Medellín se soñó moderna, luminosa, decente. Creció como quien aprende a escribir su propio nombre.
En las mañanas, el valle sonaba. Silbaban las fábricas al amanecer, el tranvía rechinaba sobre los rieles, los pregoneros cantaban frutas, loterías, promesas. El aire traía el olor del algodón, del aceite, del pan recién horneado. En los barrios obreros, las mujeres caminaban con paso seguro hacia las hilanderías; los hombres, con la camisa almidonada, cargaban sus loncheras metálicas. El humo que salía de las chimeneas era como un incienso moderno. Medellín trabajaba, y trabajar era su manera de rezar.
En el centro, el ruido se volvía música. Los cafés abrían temprano, las tipografías en las imprentas tintineaban, las vitrinas de Junín se encendían con un brillo que parecía europeo. Los hombres saludaban con respeto, las mujeres caminaban erguidas, los niños correteaban entre los pregones y el zumbido eléctrico de los tranvías. Era una ciudad pequeña con sueños grandes. Todo parecía limpio, posible, recién inventado.
En medio de esa fe, algunos hombres imaginaron más de lo que había. Carlos Coriolano Amador, empresario minero y comerciante, fue uno de los primeros en entender que la modernidad no era lujo, sino destino. Creía en la educación, en la industria, en el orden. Fundó bancos, impulsó ferrocarriles, abrió caminos. Dicen que su disciplina era una forma de moral. Su figura encarnó el espíritu de una ciudad que empezaba a creerse capaz de construir su propio futuro.
Después llegó otro soñador, Gonzalo Mejía, un hombre que veía el mundo con ojos de ingeniero y corazón de artista. Fue él quien trajo a Medellín los primeros automóviles, quien se atrevió a volar, quien llevó el cine al valle y levantó su gran obra: el Edificio Gonzalo Mejía, inaugurado en 1924 junto al arquitecto belga Agustín Goovaerts. Dentro de aquel edificio palpitaba el Teatro Junín, un prodigio de luces, mármoles, columnas y espejos. Allí Medellín se asomó por primera vez al mundo.
Por las noches, el Junín brillaba como una joya encendida. Desde sus marquesinas, las luces se reflejaban sobre los paraguas y los charcos de lluvia. El teatro olía a terciopelo, a perfume francés, a electricidad recién nacida. En las butacas, hombres de sombrero y mujeres con abanico esperaban el inicio de la función. Sonaban las orquestas, se proyectaban películas mudas, se estrenaban zarzuelas, y la ciudad entera contenía la respiración. Aquella noche infinita de aplausos era la primera vez que Medellín se veía a sí misma moderna.
En las esquinas cercanas, la vida era música. Las orquestas de la Voz de Medellín tocaban valses y pasillos, Carlos Vieco componía melodías para guitarra que hablaban del campo y del amor, Jesús Zapata Builes afinaba su violín en la Ópera de Antioquia, y el escultor Jorge Marín Vieco, además de moldear el bronce, soplaba su saxofón en ensayos de jazz que hacían temblar las paredes. Entre tangos, boleros, bambucos y guascas, la ciudad se inventaba su propio sonido. Medellín no solo se construía: se escuchaba.
El café era su otra religión.En la esquina de Junín con La Playa, el aire se llenaba del aroma de La Bastilla, fundada en 1919 por los hermanos Hipólito y Antonio Londoño. Allí se reunían oficinistas, poetas, músicos, comerciantes, periodistas. El café tenía un sabor espeso, tostado en el mismo local, y su olor escapaba por las ventanas hacia la calle. Los tranvías pasaban frente a sus mesas, y el humo del café se mezclaba con el de los autos y las flores del mercado. En esas tazas calientes se discutían los planes de ciudad, las crónicas de los periódicos, los rumores del arte y la política. La Bastilla era el punto exacto donde Medellín olía a futuro.
Caminar por Junín era una coreografía cotidiana. Las vitrinas mostraban relojes suizos, corbatas de seda, zapatos de charol. Las conversaciones se mezclaban con el zumbido de los cables eléctricos y con el rumor del agua de las fuentes en los parques. Los domingos eran una procesión elegante: hombres de bastón, mujeres de encaje, niños de la mano. En la esquina, los fotógrafos callejeros ofrecían retratos instantáneos. Todo tenía un aire de orden, de orgullo, de ciudad que crece sin perder el alma.
Mientras tanto, las fábricas no dormían. Desde 1907, con la fundación de Coltejer, Medellín había empezado su transformación industrial. Vinieron las cementeras, las metalúrgicas, las curtiembres. El río se llenó de puentes y de humo. El sonido de las máquinas era el pulso del valle. Las chimeneas se alzaban como torres de fe, y los obreros, con sus overoles azules, se convirtieron en los nuevos sacerdotes del trabajo.
La arquitectura también predicaba. Goovaerts había dejado su huella en el Palacio Nacional, en el Palacio de la Gobernación —hoy Palacio de la Cultura Rafael Uribe Uribe— y en decenas de edificios donde el mármol y el hierro se unían con precisión casi litúrgica. Cada escalera, cada cornisa, era una declaración: Medellín no quería parecerse al pasado, quería perdurar.
En los barrios altos, las noches olían a sopa y a cera. Las familias escuchaban la radio, las muchachas bordaban, los hombres leían en silencio. En los patios, el agua caía sobre las piedras y los grillos marcaban el compás. En los cafés, alguien tocaba guitarra mientras otros discutían sobre poesía o política. Todo tenía un ritmo lento, de ciudad que confía en el tiempo.
Pero el tiempo no perdona ni a las ciudades más hermosas.Llegaron los autos, la prisa, el cemento. El humo empezó a cubrir el cielo. En 1967, el Teatro Junín fue demolido, y en su lugar se levantó el edificio Coltejer, con su lanza de concreto apuntando al futuro. Fue un cambio de fe: la belleza cedió su lugar a la funcionalidad. La ciudad que había aprendido a soñar con los ojos cerrados empezó a correr sin mirar atrás.
A veces pienso que esa Medellín no desapareció, solo se volvió invisible.Sigue escondida bajo el ruido de los buses y los neones, en el reflejo de los vidrios, en el olor a café que aún flota por Junín. Los fantasmas de Amador, de Mejía, de Goovaerts caminan todavía entre la multitud. Se detienen en los mismos cafés, miran los nuevos edificios con una mezcla de sorpresa y ternura. Quizás sonríen al ver que, pese a todo, la ciudad sigue teniendo esa obstinación suya por levantarse.
Porque el oro de aquella Medellín no estuvo en las fábricas ni en los bancos.Estuvo en el sonido de un violín en una casa del barrio Prado, en el aroma tostado de La Bastilla, en los aplausos del Teatro Junín, en la canción que un obrero tarareaba camino al taller. Estuvo en la fe sencilla de una ciudad que trabajaba, soñaba y respiraba al mismo compás.
Y cuando el sol baja sobre el valle y el aire huele a lluvia y a café, Medellín todavía parece la misma: obstinada, melancólica, luminosa. Una ciudad que no se deja olvidar.
Nota del autor
Caminar por el centro de Medellín es, para mí, un acto de arqueología íntima. No busco ruinas ni reliquias: busco olores, ecos, gestos. En cada baldosa, en cada sombra, siento la respiración de aquella ciudad que se soñó moderna, justa y luminosa. A veces, mientras tomo un café en Junín, pienso en lo que fuimos: un pueblo que quiso ser ciudad sin dejar de ser humano. Y me pregunto si esa fe —la que tuvieron Amador, Mejía, Goovaerts y tantos otros— sigue viva en nosotros. Si todavía creemos que la belleza y el trabajo pueden caminar juntos. Si somos capaces, como ellos, de volver a imaginar una Medellín que no le tema al alma.





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