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La Medellín de oro: crónica de una ciudad que se creyó eterna

Calle urbana concurrida de los años 60, personas caminando, autos estacionados, letreros como "CASA DANTE". Ambiente animado en blanco y negro.
Junín - C. 1950 - Archivo Fotográfico de Antioquia

Un martes cualquiera de 1924, alguien salió del Teatro Junín después de la función y se quedó parado en la acera. No porque el espectáculo hubiera sido extraordinario, sino porque la ciudad que había afuera también lo era. Las luces de la marquesina se reflejaban en los charcos. El tranvía pasaba lento, rechinando sobre los rieles mojados. El aire olía a perfume francés y a café tostado de La Bastilla, que quedaba a unas cuadras y llevaba cinco años mandando ese olor por toda la esquina de Junín con La Playa. Era un olor que no pedía permiso.


Esa persona, hombre de sombrero, mujer de abanico, obrero con la camisa todavía limpia, no sabía que estaba en el momento más alto de una ciudad que se creía eterna. Nadie sabe eso cuando lo está viviendo. La eternidad solo se reconoce desde afuera, desde después, desde el lugar incómodo en que nos pone la distancia.


Medellín, entre 1910 y 1950, se pensó a sí misma como un proyecto moral. No es una metáfora ni una exageración romántica: trabajar era la forma que esta ciudad tenía de rezar. Las chimeneas de Coltejer, fundada en 1907 cuando el valle apenas aprendía a respirar humo industrial, se alzaban los domingos igual que los campanarios. Los obreros llegaban con la camisa limpia aunque supieran que en dos horas estaría empapada de sudor. El olor del algodón se mezclaba con el del jabón de tierra. Había en ese orden cotidiano algo que hoy resulta casi incomprensible: la convicción de que el progreso era una virtud y que la virtud tenía consecuencias visibles, medibles, construibles. La gente creía, con una seriedad que asombraría a cualquiera que la observara desde este siglo, que el esfuerzo individual se acumulaba en algún lugar y terminaba convirtiéndose en ciudad.


No era ingenuidad. Era una teología.


Toda ciudad tiene sus santos laicos, los hombres y mujeres cuya vida se convierte en una parábola que la ciudad repite para explicarse a sí misma. Medellín tuvo varios de esos, pero pocos tan bien calibrados para el momento como Carlos Coriolano Amador. Empresario minero, fundador de bancos, impulsor de ferrocarriles, hombre que veía el mapa de Antioquia como un problema de ingeniería que la voluntad podía resolver. Creía en la educación y en el orden con la misma intensidad con que otros creen en Dios, y a diferencia de muchos creyentes, actuó en consecuencia. No se quedó en las ideas. Fundó instituciones. Abrió caminos por donde antes había solo monte y promesa. Prestó plata para que otros pudieran hacer lo que él ya sabía hacer, y cobró puntual porque también creía que el dinero prestado era una responsabilidad y no solo un gesto de generosidad.


Dicen que su disciplina era una forma de moral. Quizás era simplemente que había nacido en un momento en que la moral y la disciplina todavía cabían en la misma frase sin que sonara falso. Eso ya no es posible del mismo modo. Algo se rompió en el camino entre aquel Medellín y este, y aunque hay muchas versiones de qué fue lo que se rompió, el hecho de que la pregunta siga sin respuesta definitiva dice bastante sobre su peso.


Después vino Gonzalo Mejía, de otra escala y otro temperamento. Amador construía instituciones; Mejía construía visiones. Trajo los primeros automóviles al valle en una época en que verlos pasar por las calles de tierra debía producir una mezcla de asombro y susto parecida a la que produce hoy ver un dron sobrevolando una plaza de mercado. Se atrevió a volar cuando volar era todavía una apuesta, casi una forma de arrogancia frente a las leyes naturales. Y luego, como si eso no bastara, levantó junto al arquitecto belga Agustín Goovaerts el Edificio Gonzalo Mejía, inaugurado en 1924, en el corazón de una ciudad que todavía se miraba al espejo y se sorprendía de su propio tamaño. Adentro palpitaba el Teatro Junín, con sus mármoles traídos de lejos, su terciopelo rojo, sus columnas y sus espejos y sus luces que hacían del espectador algo distinto a lo que había sido al entrar. No era entretenimiento. Era la ciudad diciéndose a sí misma que merecía belleza.


Las noches del Junín tenían una temperatura particular. El teatro olía a electricidad recién nacida, a polvo de escenario, a la colonia de los hombres sentados en las primeras filas. Sonaban las orquestas. Se proyectaban películas mudas sobre una pantalla que para muchos era la primera que habían visto en su vida. Se estrenaban zarzuelas. La ciudad entera contenía la respiración. Afuera, los que no habían conseguido entrada se asomaban por las ventanas o esperaban en los cafés cercanos a que alguien saliera a contarles. El Junín no era solo un teatro: era el lugar donde Medellín practicaba el verbo verse.


Goovaerts dejó su firma por toda la ciudad con esa precisión que tienen los europeos cuando construyen en América Latina, como si cada detalle arquitectónico fuera una demostración de algo. El Palacio Nacional. El Palacio de la Gobernación, hoy Palacio de la Cultura Rafael Uribe Uribe. Escaleras de mármol que suben con una cadencia que obliga a ir despacio, a notar el peso del edificio sobre los propios pies. Cornisas que nadie pidió que fueran tan elaboradas y que sin embargo están ahí, cuatro pisos arriba, trabajadas con la dedicación de quien sabe que alguien algún día levantará la vista. Eran edificios que no querían parecerse al pasado. Que querían durar más que quienes los encargaron.


Hay algo en esa arquitectura que no es vanidad, aunque se le parezca. Es más bien una forma de confianza: la creencia de que el futuro va a querer habitar lo que el presente construye con cuidado. Goovaerts y los hombres que lo contrataron apostaron a que Medellín seguiría existiendo y seguiría mirando sus edificios. Ganaron parte de la apuesta. El Palacio de la Cultura sigue ahí. El Teatro Junín no. Y esa diferencia, entre lo que duró y lo que no, dice algo que los libros de historia de la ciudad tardan en decir con la misma claridad.


En la esquina de Junín con La Playa, mientras tanto, los hermanos Hipólito y Antonio Londoño tostaban café. La Bastilla había abierto en 1919 y ya para los años veinte era algo más que un establecimiento: era un punto de gravedad. Allí se encontraban los oficinistas con los poetas, los comerciantes con los periodistas, los médicos con los músicos. El café era espeso, tostado en el mismo local, y su olor escapaba hacia la calle con una generosidad que hoy llamaríamos publicidad pero que entonces era simplemente el olor de las cosas bien hechas. Los tranvías pasaban afuera. El humo del café se mezclaba con el de los primeros autos y con el perfume de las flores del mercado cercano, y nadie se quejaba de esa mezcla porque era el olor de la ciudad funcionando.


Nadie se preguntaba qué hacía el otro ahí porque todos estaban haciendo lo mismo: intentar entender en qué ciudad vivían. En esas tazas se discutían los planes de ciudad como si fueran asunto de todos, como si la ciudad fuera un proyecto colectivo cuyo resultado dependiera de las conversaciones que se sostenían en sus cafés. Que en cierto sentido lo era. Que en cierto sentido lo sigue siendo, aunque ya nadie lo diga en voz alta.


La ciudad sonaba de maneras que no siempre se llevaban bien entre sí. Carlos Vieco componía canciones de guitarra que hablaban del campo y del amor con una ternura que nunca cayó en la cursilería, lo cual es una hazaña mayor de lo que parece. Jesús Zapata Builes afinaba el violín en la Ópera de Antioquia con la concentración de quien sabe que la música es un argumento. Jorge Marín Vieco, que durante el día moldeaba bronce en su taller con las manos cubiertas de polvo metálico, llegaba a los ensayos de jazz con el saxofón bajo el brazo y soplaba hasta hacer temblar las paredes. En los barrios, alguien tocaba guitarra en un patio mientras la vecina cantaba desde adentro sin que nadie se lo hubiera pedido. El tango llegaba desde el sur con su melancolía portuaria y se mezclaba con el bambuco sin que ninguno de los dos perdiera del todo su identidad.


No era solo entretenimiento. Era la ciudad procesando lo que le estaba pasando. Medellín se estaba convirtiendo en algo que no había sido antes y no sabía bien en qué, y la música era la forma más honesta que tenía de admitirlo. Los valses hablaban de un orden que todavía se quería conservar. Los tangos hablaban de lo que se pierde cuando uno se mueve demasiado rápido. El jazz, que llegó tarde y en sordina pero llegó, hablaba de algo que ni siquiera tenía nombre todavía. Medellín no tenía una sola música. Tenía varias conversando a la vez, y eso, en una ciudad que se quería ordenada y decente, era casi una contradicción. Casi un escándalo. Una fiesta que nadie había autorizado y que de todas formas ocurrió.


Las fábricas tampoco dormían. Desde Coltejer hacia abajo, el río se había llenado de puentes y de humo. Vinieron las cementeras, las metalúrgicas, las curtiembres. El sonido de las máquinas marcaba el pulso del valle desde el amanecer. Las mujeres caminaban hacia las hilanderías con paso seguro, con esa dignidad específica de quien trabaja y sabe por qué trabaja. Los hombres cargaban las loncheras metálicas con el mismo gesto con que otros cargan maletines. La industria no era solo economía: era identidad. Ser obrero en el Medellín de esos años era pertenecer a algo, ser parte de una maquinaria cuyo producto final no era solo tela o cemento sino una ciudad entera.


Los barrios obreros tenían su propia temperatura. Por las noches, el olor a sopa y a cera salía por debajo de las puertas. Las familias escuchaban la radio con la misma concentración con que en otro siglo habían escuchado el púlpito. Las muchachas bordaban junto a la ventana aprovechando la luz. Los hombres leían el periódico en silencio, o fingían leerlo mientras pensaban en otras cosas. En los patios, el agua caía sobre las piedras y los grillos marcaban el compás con esa fidelidad monótona que tienen los grillos para el compás. Era una vida pequeña en el sentido más noble de la palabra: una vida que cabía en un espacio delimitado y que en ese espacio encontraba suficiente.


Caminar por Junín los domingos tenía una coreografía reconocible. Las vitrinas mostraban relojes suizos y zapatos de charol y corbatas de seda que la mayoría de los que pasaban mirando no podían comprar. Las conversaciones se mezclaban con el zumbido de los cables eléctricos. Los fotógrafos callejeros ofrecían retratos instantáneos desde sus esquinas, y la gente se dejaba fotografiar con una seriedad que hoy llamaríamos postura pero que entonces era simplemente la conciencia de estar en un momento que valía la pena registrar. Todo tenía un aire de ciudad que cree en sí misma. Eso es difícil de fabricar y fácil de perder.


Después llegó lo que siempre llega. El cemento nuevo, la prisa, la convicción de que el futuro necesita borrar el pasado para poder existir. En 1967 demolieron el Teatro Junín. No fue un accidente ni un descuido: fue una decisión. En su lugar se levantó el Edificio Coltejer, con esa lanza de concreto apuntando al cielo como si el cielo le debiera algo. La ciudad necesitaba suelo y los negocios necesitan suelo. Nadie discute eso. Pero algo se fue con el Junín que no fue solo un teatro: se fue la convicción de que la belleza era parte del proyecto, que construir una ciudad no puede reducirse a construir superficie útil sin volverse, en el proceso, un poco más pobre de lo que se era.


El Edificio Coltejer no es feo, visto así, en abstracto. Es una pieza de su tiempo, seguro de sí mismo, funcional, coherente con una época que creía en el progreso medido en metros cuadrados y en pisos por encima del nivel del suelo. El problema no es el edificio. El problema es lo que reemplazó y lo que eso dijo sobre las prioridades de quienes tomaron la decisión. Dijeron que la ciudad necesitaba modernizarse. Tenían razón en parte. Pero modernizarse y demoler el Junín para poner un edificio de oficinas son dos cosas distintas, y confundirlas fue un error que Medellín todavía carga sin haberlo terminado de procesar.

No digo que la demolición fue un crimen. Digo que fue una elección, y que las elecciones revelan lo que se cree importante. Medellín eligió, y esa elección dijo algo sobre en qué nos habíamos convertido.


El tranvía desapareció también, y con él la velocidad justa para ver la ciudad. A esa velocidad, ni tan rápida como la del auto ni tan lenta como la del peatón, la ciudad se dejaba leer. Se podía ver la fachada entera de un edificio antes de pasar al siguiente. Se podía notar que alguien había puesto geranios en un balcón del segundo piso, o que la panadería de la esquina había cambiado de dueño porque el letrero era distinto. El tranvía era también una forma de atención. Los pregoneros se fueron con él. Las hilanderías cerraron o se automatizaron o se trasladaron a lugares donde la mano de obra es más barata. Los cafés cambiaron de nombre y de propietarios y de conversaciones. La Bastilla cerró eventualmente, como cierran todas las cosas que fueron importantes sin que nadie las reemplace con algo equivalente. El olor del café tostado en el local siguió flotando por Junín durante años, como si el edificio no hubiera terminado de aceptar que el negocio se había ido.


Caminar hoy por el centro es una arqueología involuntaria. No hace falta buscarlo: el pasado aparece solo, en la esquina donde todavía está el edificio de Goovaerts con sus cornisas trabajadas, en la baldosa que alguien puso en 1932 y que sobrevivió a todo lo que vino después, en el olor de café que a veces, en ciertos ángulos de ciertos días, todavía flota por Junín como si La Bastilla no hubiera cerrado nunca. Los edificios de Goovaerts siguen ahí, entre el ruido de los buses y los avisos de neón, con esa paciencia específica de las cosas que fueron construidas para durar y que van a durar aunque nadie las esté mirando.


A veces pienso que la ciudad que fuimos y la ciudad que somos no son tan distintas como creemos, o que son más distintas de lo que admitimos. Que el problema no es la nostalgia, que es una trampa bastante conocida, sino la dificultad de mirar el pasado sin romantizarlo y sin condenarlo, de entender que aquella Medellín también tenía sus exclusiones y sus silencios y sus cosas que prefería no ver. La fe en el progreso que animaba a Amador y a Mejía era genuina y también era limitada: excluía a muchos de sus beneficios, construía sobre desigualdades que no quería nombrar. La ciudad luminosa y decente que se soñó moderna era luminosa y decente para algunos. Eso no invalida lo que construyó. Pero tampoco se puede ignorar.


El oro de aquella Medellín no estuvo en las fábricas ni en los bancos. Estuvo en el sonido de un violín en una casa del barrio Prado, en el aroma tostado de La Bastilla una mañana de entre semana, en los aplausos del Junín al bajar el telón, en la canción que un obrero tarareaba camino al taller sin saber que estaba contribuyendo al sonido de una ciudad. Estuvo en la persona que se quedó parada en la acera esa noche de 1924 mirando cómo la lluvia borraba el reflejo de las luces en el pavimento, sin ninguna razón particular para detenerse y sin embargo deteniéndose.


Lo que no sé es si esa fe todavía existe. Si la ciudad que somos todavía es capaz de creer que la belleza es parte del proyecto, que el trabajo y el arte no son actividades separadas por un muro de clase, que construir bien es una forma de respeto hacia los que vienen después. A veces pienso que sí, que esa obstinación sigue viva en algún lugar del valle. Otras veces pienso que lo que queda es solo el olor, y que el olor, aunque dure mucho, no es lo mismo que la cosa.


Nota del autor


Caminar por el centro de Medellín es, para mí, un acto de arqueología íntima. No busco ruinas ni reliquias: busco olores, ecos, gestos. En cada baldosa, en cada sombra, siento la respiración de aquella ciudad que se soñó moderna, justa y luminosa. A veces, mientras tomo un café en Junín, pienso en lo que fuimos: un pueblo que quiso ser ciudad sin dejar de ser humano. Y me pregunto si esa fe —la que tuvieron Amador, Mejía, Goovaerts y tantos otros— sigue viva en nosotros. Si todavía creemos que la belleza y el trabajo pueden caminar juntos. Si somos capaces, como ellos, de volver a imaginar una Medellín que no le tema al alma.

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