Primer sorbo
- Xaime Betancur

- 25 ago
- 11 Min. de lectura

Hay viajes que empiezan con una frontera y otros con una mesa. Los míos casi siempre comienzan con una mesa: un plato sencillo, una cuchara que golpea el borde sin querer, el olor de algo que hierve, una conversación que se abre sin demasiada ceremonia. Este blog nace ahí, en ese gesto mínimo que sostiene la memoria. Abrirlo es, para mí, servir el primer sorbo. Un sorbo que no es solo de bebida, sino de voz: la mía, que llevo años guardando en libretas, notas sueltas, recibos con frases escritas a prisa, nombres de calles y mercados que no quiero olvidar.
No vengo a prometer rutas infalibles. Vengo a contar lo que he visto cuando camino despacio y escucho. A veces será una plaza de mercado con sus gritos y sus tomates brillando como si fueran monedas. Otras, una iglesia vacía en la que el eco del paso recuerda a alguien que ya no está. Otras, una mesa con pan tibio y un vino de la casa que no pretende nada, y por eso mismo acompaña todo. Vengo a contar lo que me pasa cuando me quedo, porque la prisa tiene buena prensa y, sin embargo, casi siempre nos roba lo esencial.
Aprendí a leer el mundo desde Antioquia, en una geografía que obliga a mirar con paciencia. Las montañas educan la mirada: te enseñan que el horizonte no es una línea recta, que el camino se dobla y se vuelve a doblar, que para llegar hay que aceptar el ritmo. En mi memoria hay madrugadas frías con leña recién encendida, la piel entumida por el agua, el olor de un caldo que despierta a todos y una mesa larga donde caben las voces y los silencios. Ese paisaje no se me fue de la sangre. Quizás por eso hoy busco, allí donde voy, los lugares que todavía conservan las manos en el centro.
Me dedico al diseño, pero antes que oficio es una forma de mirar. Diseñar, escribir y viajar se me mezclaron hace tiempo en un mismo gesto: ordenar lo que encuentro para entenderlo mejor. Cuando llego a una ciudad, no voy primero a los monumentos: me voy a los mercados, a las panaderías viejas, a las cocinas de humo. No es un principio moral, es un impulso. En un mercado se aprende en diez minutos lo que el resto de la ciudad te va a contar en una semana: qué huele, qué se vende, qué falta, qué se celebra, en qué se ahorra. Allí está el pulso.
Pienso ahora en una mañana de sábado en Medellín. La plaza —con su bullicio de siempre— abre como un teatro sin telón. Un hombre sostiene un racimo de plátanos como quien presenta un trofeo; una mujer ofrece hierbas y las nombra con una precisión que parece música; un niño mira fijamente los pescados, hipnotizado por los ojos vidriados que lo miran de vuelta. Yo camino con las manos en los bolsillos, escuchando cómo se negocia una libra de tomates como si se tratara de una historia familiar. En un puesto de arepas de maíz pelao la masa aún está tibia, y la vendedora me habla de la cosecha de su hermano, de la lluvia que llegó tarde, de lo caro que se puso el transporte. Compro dos arepas, me las dan envueltas en papel blanco. Camino un poco y me siento en un escalón a comer. No necesito más para sentir que he llegado.
En otra esquina, un señor de manos grandes vende unas botellas transparentes con una etiqueta casera: anís, caña, cáscaras que parecen guardar el sol. Me ofrece un trago pequeño. No tiene el glamour de una barra iluminada; tiene algo mejor: el calor de una casa. “Así se prende el camino”, me dice entre risas. Y sí: hay bebidas que no se toman, se encienden. Entra en el cuerpo y hace que el día cambie de tono, como si alguien hubiera movido un filtro invisible. Ese primer sorbo no es solo alcohol: es historia líquida, la forma en que un pueblo se nombra y se sostiene, una manera de saludarse sin apuro.
Con los años entendí que mi manera de viajar cabe en tres verbos: comer, caminar, quedarse. Comer sin la urgencia del que quiere llenar una lista. Caminar como quien se deja llevar por el azar de una esquina. Y quedarse, aunque sea un rato más, el suficiente para que el sitio comience a hablar. Son verbos viejos, casi obvios, pero en ellos hay una ética. Comer es compartir, recibir lo que el territorio da y como lo da. Caminar es confiar en que el cuerpo tiene memoria. Quedarse es respeto: decirle al lugar que no solo lo consumes, también lo escuchas.
Podría contarles, por ejemplo, una tarde en Santa Fe de Antioquia, cuando el sol se ensaña con las piedras y hace brillar la pulpa del tamarindo como si fuera un amuleto. Me refugié en un corredor con sombra, de esos donde el tiempo parece quedarse dormido en una mecedora. Una pareja partía una panela como si cortara un mapa; un hombre mayor llevaba colgado un ramito de albahaca para espantar la mala racha; un vendedor ambulante ofrecía dulces caseros envueltos en papel encerado. Me senté y pedí algo frío, cualquier cosa. Me trajeron una bebida que sabía a infancia y a verano. A veces las ciudades no se recuerdan por sus edificios, sino por esas pequeñas salvaciones.
También podría hablarles de una noche en Lisboa, en una tasca con manteles de papel donde la sopa llegaba humeante, el pan crujía apenas y el vino de la casa se servía sin pretensiones. A los pocos minutos, ya había una conversación con la mesa vecina, la risa de alguien que no conozco y un canturreo viejo que alguien dejó caer en la barra. He aprendido que donde hay pan y vino hay un acuerdo tácito: nos guardamos, nos acompañamos, nos perdonamos un poco las derrotas. Quizás por eso vuelvo siempre a las mesas humildes, a las copas sin etiqueta famosa, a las cocinas donde se pela y se pica al borde del mediodía.
En este blog, las ciudades no serán listas, sino voces. No diré “diez lugares que debes visitar”, sino “esta calle me dijo esto” o “este pan me recordó aquello”. Contaré recetas sin convertirlas en recetas: como se cuenta un secreto que se hereda. Diré que una morcilla guarda el alfabeto de la comunidad, que un aceite de oliva es luz domesticada, que la sal es también una historia de migraciones. Diré que el fuego no es un electrodoméstico, sino una conversación milenaria que nos humanó alrededor de la olla. Diré que viajar, si vale la pena, duele un poco: porque para ver de verdad hay que renunciar a la superficie y entrar, y entrar cansa, compromete, cambia.
Me escucharán, de vez en cuando, en primera persona plural. Lo hago porque muchas de las cosas que cuento no las hago solo. He trabajado con gente que, como yo, cree que la cultura no es un museo cerrado, sino una casa con ventanas abiertas. Con ellos he aprendido que un proyecto puede ser una comida, una exposición o una charla, pero al fondo siempre es una pregunta ética: ¿cómo cuidamos lo que nos cuida? Cuando escriba de patrimonio no esperen frases solemnes: esperen manos, voces, utensilios gastados, la sombra de un árbol que parece proteger una receta, la dimensión humana de lo que a veces enterramos en papeles técnicos.
Quizás alguno se pregunte por qué tanto empeño en lo sensorial. La respuesta es simple: el cuerpo recuerda mejor que la mente. Todos tenemos una fecha que olvidamos, pero pocos olvidan el olor de una casa, el sabor de una sopa, la textura del pan de una esquina específica. Escribir desde el cuerpo es escribir desde lo que nos sostiene. Yo confío en esa memoria y la sigo como quien sigue una cuerda en medio de la niebla. Cada vez que me pierdo, regreso al olor: al del café recién molido, al de una cebolla sudando en mantequilla, al de una calle antes de la lluvia.
No todo lo que lean aquí será amable. A veces hablaré de pérdidas: de restaurantes que cerraron, de oficios que se fueron, de plazas que se vaciaron porque el supermercado arrasó con el tejido fino de la compra diaria. Hablaré de la prisa y de cómo nos vende ilusión de libertad. Hablaré de la precariedad de los que cargan canastos y de los que sirven, porque la belleza no puede tapar la verdad. Pero también hablaré de las resistencias: de cocineras que guardan una receta como si fuera un idioma, de panaderos que siguen levantándose a la hora en que el silencio se puede cortar con un cuchillo, de vendedores que aún llaman por el nombre a sus compradores.
Quiero que este primer post haga las veces de manifiesto íntimo. No una declaración grandilocuente, sino una brújula. Si algo no verán aquí es el cinismo cómodo del que todo lo juzga desde lejos. Prefiero la educación de la mesa: escuchar antes de hablar, preguntar por los ingredientes, agradecer por el trabajo que no se ve. Prefiero llegar con los zapatos gastados y el cuaderno abierto. Prefiero aprender a pedir permiso, a decir “no sé”, a esperar a que la historia se cuente sola. Prefiero la incertidumbre de una calle sin mapa que la certeza anodina de una foto repetida.
Hay palabras que volverán como un estribillo. Pan, por ejemplo. He visto cómo el pan reparte dignidad: alcanza para todos, se parte para que no falte, se convierte en gesto cuando ya no quedan palabras. En muchos viajes me bastó con pedir “lo de la casa” y observar. Cada rebanada traída a la mesa era también una forma de bienvenida. Lo mismo ocurre con el vino cuando es compartido sin pose. Y con las sopas, que en tantas partes son el abecedario de la hospitalidad. Me gusta pensar que la cultura, en su versión más honesta, cabe en una olla, en un cesto, en un mantel extendido sobre una mesa cualquiera.
También volverán las piedras. No por sí mismas, sino por lo que guardan. Un adoquín calentado por la tarde, una pared encalada con manchas de sombra, una fuente de la que alguien aún bebe: las ciudades hablan por sus superficies. Me detengo a tocar, a oler, a mirar desde abajo. La arquitectura cotidiana me ha enseñado que la grandilocuencia casi nunca envejece bien, mientras que las cosas hechas con medida resisten los años. En una esquina cualquiera de un barrio antiguo he aprendido más sobre una ciudad que en bibliotecas completas. No porque la biblioteca no importe, sino porque la esquina ofrece su verdad sin prólogo.
No siempre viajo lejos. A veces la expedición es al barrio de al lado. Hay días en que camino sin llevar cámara, solo con el oído. En esos recorridos cercanos me encuentro con la versión lenta de mi propia ciudad: la señora que lava la acera con agua de jabón y tararea; el señor que abre su tienda sabiendo de memoria los pedidos de los vecinos; la panadería donde el panadero me da un pedazo de masa cruda para que recuerde la textura; la cafetería donde el tinto sabe igual desde hace veinte años y por eso es un refugio. Escribiré también sobre esto, porque el exotismo cotidiano es la mejor escuela de viaje.
Los lectores que lleguen buscando gastronomía encontrarán más que reseñas. Hablaré de productos, sí, pero como quien habla de parientes. La sal ha sido ruta y salario; el aceite, luz y santuario; el grano, futuro y promesa. Cuando me siento a comer no estoy delante de un objeto, sino de un relato comestible. Un plato no se explica solo por su sabor, sino por la cantidad de manos que lo hicieron posible: quienes sembraron, transportaron, vendieron, limpiaron, cortaron, cocinaron, sirvieron. Comer con conciencia empieza por aceptar ese coro.
Quisiera que, desde este primer sorbo, quede claro algo: este espacio es un lugar de compañía. Escribiré para los que viajan solos y para los que viajan en grupo, para los que leen en el bus y para los que guardan las lecturas para la madrugada, para los que hacen listas y para los que se pierden adrede, para los que no tienen dinero para restaurantes de moda y para los que descubrieron que la mesa más sabrosa suele ser la más humilde. Escribiré sabiendo que del otro lado hay alguien que también guarda papeles con direcciones, que recuerda un olor mejor que un nombre propio, que se emociona cuando descubre una palabra vieja aún en uso.
Me preguntan a veces de qué me protejo escribiendo. No lo sé. Quizás de la pérdida. Quizás de la sensación de que la memoria se nos fuga por ranuras pequeñas. Escribo para que no se me olvide el sonido de las baldosas en la casa de una tía, la manera en que corría el agua de un lavadero, el brillo de la fruta a la hora en que nadie la compra, el acento de una vendedora de hierbas cuando me muestra una hoja y me dice “huélala bien, eso cura”. Escribo para tener a mano un mapa que no cabe en GPS: uno que se dibuja con palabras, con trazos que conectan una taza de café con un puerto, una panadería con un recuerdo de infancia, una avenida ancha con un callejón angosto donde alguien canta a media voz.
También escribiré sobre el oficio de escribir. Sobre cómo a veces es necesario dejar reposar el texto como se deja reposar una masa, y cómo otras veces hay que hornearlo sin miedo a que no suba. Sobre las palabras que no encajan y las que, inesperadamente, se pegan a una frase y la hacen verdadera. Escribir es corregir, como cocinar es probar. Y viajar es volver a mirar. Este blog será también esa cocina: un lugar para equivocarme, ajustar, aprender de quien lee y dice: “yo estuve ahí y lo vi distinto”.
No soy ingenuo: sé que el mundo digital ama la velocidad. Sé que muchos pasarán de largo. Está bien. Yo elijo otra cosa. Si se quedan, bienvenidos. Si leen un párrafo al día, mejor aún. La lentitud no es un lujo; es una decisión. Se puede ser lento con poco dinero y con poco tiempo: se puede masticar más despacio, mirar con intención, apagar el ruido un rato, preguntar de frente. Habitar el mundo con calma no es una pose, es una forma de defensa.
Quiero cerrar este primer sorbo con una imagen. Una mesa de madera vieja, rayada por los años. Encima, un mantel de cuadros que ya perdió parte del color. Al centro, un pan que cruje y un cuenco de aceite que brilla como si tuviera una lámpara adentro. Dos vasos. Un cuchillo. Y alguien del otro lado, ustedes, que llegaron a esta casa nueva. Yo parto el pan y lo acerco. Sirvo el aceite. Alzo el vaso. No hace falta un discurso largo: basta con un gesto antiguo y sencillo. Los pueblos lo han hecho siempre. Se comparte, se nombra, se agradece.
Este blog será eso: un compartir. A veces vendrá una crónica desde un mercado húmedo, con el suelo a medias lavado y el olor del cilantro subiendo como niebla. Otras, una reflexión escrita después de una charla sobre patrimonio, cuando todavía me palpitan las preguntas. Otras, un texto pequeño que describe una taza de café y lo que despertó ese día. Habrá capítulos de libros en camino, habrá notas de viaje, habrá recetas contadas como quien comparte un secreto con alguien querido. Y habrá silencios. Porque sin silencio no hay escucha.
Si se quedan, caminaremos juntos. No prometo llegar rápido ni a todas partes. Prometo atención. Prometo respeto por los lugares, por las personas, por los oficios. Prometo no escribir de lo que no he visto, no he tocado, no he olido. Prometo equivocarme y corregir. Prometo volver a los sitios que me pidan volver, no para repetirlos, sino para escucharlos en otra estación. Prometo, sobre todo, cuidar este espacio como se cuida una mesa: limpia, abierta, sin alardes, lista para recibir.
Al final, eso es todo lo que tengo para ofrecer en este comienzo: un sorbo compartido, un pan partido, una silla que se aparta para dejarte entrar. Toma tu tiempo. Aquí no hay prisa. Cuando quieras, comienza a leer. Y si en algún momento del camino te dan ganas de contarme qué te dijo una ciudad, o qué te recordó una sopa, o cómo suena un mercado a la hora en que tú fuiste, te escucho. Las crónicas también se escriben entre varios. Yo, por mi parte, me quedo atento al fuego, a que hierva el agua, a que esta casa recién abierta empiece a tener vida. Bienvenidos.





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