La procesión no es un espectáculo. O sí.
- Xaime Betancur

- 4 abr
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Por: Xaime Betancur
Publicado originalmente en el periódico El Santafereño
ISSN 1900-5733 AÑO 35 No. 503 SANTA FE DE ANTIOQUIA. DEL 20 DE MARZO AL 20 DE ABRIL DE 2026

Santa Fe de Antioquia huele diferente en Semana Santa. No es solo el incienso, aunque el incienso está ahí, pegado a las paredes de cal, impregnado en la piedra de las calles como si los siglos lo hubieran depositado capa por capa hasta volverlo parte de la argamasa. Es otra cosa: cera derretida, madera vieja, el sudor de quien carga un paso que pesa más de lo que cualquier gimnasio puede preparar, el aire quieto de una ciudad que durante unos días decide comportarse distinto. Ese olor es memoria antes de ser turismo. Es anterior a cualquier decreto de patrimonio, anterior a los paquetes de agencia, anterior incluso a la discusión sobre quién manda en el rito. Y sin embargo, cada Semana Santa, ese mismo olor tiene que abrirse paso entre el protector solar, el alcohol de los puestos de fritanga y el humo de los buses que traen visitantes desde Medellín. Dos mundos que se rozan sin mezclarse. Dos maneras de habitar el mismo empedrado que no siempre saben qué hacer la una con la otra.
Una procesión de Semana Santa no es un desfile. La diferencia no es semántica. Un desfile celebra, avanza, espera el aplauso. Una procesión hace otra cosa: recorre el duelo, escenifica la muerte antes de que llegue la resurrección, obliga al cuerpo a moverse en un tiempo que no es el del calendario cotidiano sino el del mito. Las imágenes que salen a la calle en Santa Fe —esos Cristos con las venas marcadas y las Dolorosas con los ojos anegados— no son decoración religiosa. Son la materialización de algo que las culturas latinoamericanas aprendieron a sostener con las manos porque no tenían otra manera de transmitirlo: el dolor como parte del orden del mundo, la muerte como tránsito que exige ritual, la comunidad como el único cuerpo capaz de cargar lo que ningún individuo puede cargar solo. Cuando una cofradía saca una imagen a la calle, no está haciendo una representación. Está cumpliendo con algo. Y ese cumplimiento tiene un peso que ninguna fotografía captura del todo, precisamente porque ocurre en el cuerpo de quien carga, en el silencio de quien mira, en el roce de la túnica sobre la piedra mojada de rocío.
Santa Fe es uno de los pocos lugares en Colombia donde sus procesiones no las administra la Iglesia. Las administran cofradías laicas: hermandades de origen colonial que custodian las imágenes, trazan los recorridos, deciden los tiempos, y sostienen una devoción cuya autoridad no viene de ninguna jerarquía eclesiástica sino de la memoria familiar. Del que cargó antes que tú. Del que cargará después. Eso no es un detalle de organización. Es una manera de entender quién tiene derecho sobre lo sagrado y cómo se transmite ese derecho cuando no hay papel que lo certifique.
La tensión entre esa fe comunitaria y la Iglesia institucional no nació ayer. Desde el siglo XIX, cuando la romanización del catolicismo latinoamericano intentó meter la devoción popular dentro de estructuras más obedientes al clero, las hermandades y las iglesias diocesanas han mantenido una relación que oscila entre la coexistencia tensa y el conflicto abierto. La Iglesia mira la procesión como acto litúrgico con una intención espiritual que el espectáculo puede vaciar. Las cofradías operan desde una legitimidad que ningún decreto puede otorgar ni revocar: la del que lleva décadas cargando el paso, la del que aprendió en qué esquina doblar porque su padre se lo mostró en silencio una noche de Jueves Santo, la del que sabe que esa imagen no es una pieza de museo sino un cuerpo con historia y con exigencias que ningún reglamento puede codificar. No creo que ninguna de las dos posiciones sea equivocada. Creo que ninguna de las dos le está hablando a la otra con la franqueza que este momento necesita.
Después llega el turismo. Y con él una tercera lógica que no llega con mala intención sino con cámara en mano y una idea de autenticidad que el mercado le enseñó a reconocer. Para quien viene de afuera, las procesiones de Santa Fe son patrimonio vivo, experiencia genuina, exactamente el tipo de cosa que no se fabrica en ningún centro comercial. Esa valoración es real. Y tiene una dimensión que no conviene ignorar: sin el flujo de visitantes que genera la Semana Santa, parte de la infraestructura física que hace posible la procesión no existiría. El turismo también preserva, también protege, también tiene un papel en la cadena que mantiene vivo el patrimonio.
Aun así, el turismo transforma lo que mira, y eso hay que decirlo sin eufemismos. Una procesión rodeada de cinco mil personas que fotografían, que aplauden cuando el silencio pedía otra cosa, que leen la solemnidad como puesta en escena porque eso es lo que el turismo cultural les enseñó a consumir, no es la misma procesión que recorre las calles con doscientos vecinos que llevan ese recorrido en el cuerpo desde que eran niños. No digo que una sea mejor que la otra en términos morales. Digo que son cosas distintas, y que fingir que no lo son es el primer paso para perder las dos. Cuando el paso sale a la calle a una hora calculada para el pico de visitantes y no para el calendario litúrgico, cuando la iluminación se diseña para la pantalla y no para el alma, algo se ha desplazado. No dramáticamente. Milímetro a milímetro. Pero se ha desplazado.
Lo que me inquieta no es el turismo como fenómeno sino la velocidad con que esa negociación ocurre sin que nadie la nombre como tal. Las cofradías ajustan los recorridos para que sean más vistosos. Los municipios instalan iluminación que hace más fotogénica la procesión nocturna. Las agencias arman paquetes donde lo religioso es el telón de fondo y el negocio es el negocio. Nadie miente exactamente. Pero el rito va cediendo sin que exista una conversación pública, honesta, sobre qué se está cediendo y qué se recibe a cambio. Y esa ausencia es, en mi opinión, el problema más serio que enfrenta la Semana Santa santafereña hoy, antes que cualquier diferencia teológica, antes que cualquier cifra de visitantes.
Santa Fe no va a perder su Semana Santa en el sentido dramático de que alguien apague las velas y cierre las iglesias. Ese no es el riesgo. El riesgo es más silencioso: que la Semana Santa siga existiendo como forma mientras su contenido se desplaza hacia otro lugar sin que ese desplazamiento sea una decisión que alguien tomó conscientemente. Todo eso pasa por acumulación, como pasan casi siempre los cambios culturales que nadie quiso del todo pero que tampoco nadie detuvo a tiempo.
La pregunta que Santa Fe necesita hacerse —con sus cofradías, su Iglesia, su municipio y su comunidad en la misma mesa— es una sola: ¿qué es esta Semana Santa y para quién existe? ¿Es un acto de fe administrado por laicos con autoridad histórica? ¿Es patrimonio cultural que merece una política de protección real? ¿Es un producto que sostiene la economía local? Las tres respuestas son ciertas al mismo tiempo. Ninguna cancela a las otras. Lo que no puede seguir ocurriendo es que cada una opere en su propio carril como si las demás no existieran, porque el rito que las tres dicen querer preservar es el mismo, y se preserva entero o se fragmenta en versiones que ya no se reconocen entre sí.
Ese olor a cera y madera y sudor que Santa Fe todavía conserva en Semana Santa no va a desaparecer de golpe. Se diluye despacio. Se mezcla con otros olores hasta que un día ya no se distingue del todo, y entonces es tarde para preguntarse qué era exactamente lo que se estaba oliendo. El patrimonio cultural no lo destruyen los enemigos. Lo destruyen la distracción y el silencio cómodo de los que sabían que algo se estaba perdiendo y decidieron no decir nada.





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