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El sexto piso

Pasillo antiguo con escaleras. Collage de mapas y fotos en paredes. Colores brillantes y textos visibles. Ambiente nostálgico y artístico.

Por: Xaime Betancur


El apartamento del sexto piso llevaba tres meses vacío cuando llegué. El propietario me lo dijo por teléfono con esa indiferencia que tienen los parisinos cuando te alquilan algo que no merece entusiasmo: tercera puerta a la derecha al final del pasillo, el radiador hace ruido pero calienta, el baño es compartido pero los otros cuartos llevan años sin inquilino. Pagué el depósito por transferencia. Nunca lo vi en persona.


El edificio estaba en la Rue du Faubourg Saint-Denis, número 74, un haussmaniano de fachada gris con molduras que el tiempo había ido comiendo hasta dejarlas en una sugerencia de lo que fueron. La portera, una mujer pequeña de origen armenio que se llamaba Anahit y que pasaba los días entre su garita y el patio interior, me entregó las llaves sin decir nada más que los horarios de la basura. Después volvió a su silla y abrió una revista que parecía llevar leyendo desde los años ochenta.


Subí los seis pisos por la escalera de servicio porque el ascensor no llegaba al último piso. La escalera de servicio era angosta, de peldaños de madera que crujían con una personalidad propia, cada uno con su nota distinta, como si el edificio llevara décadas afinando un instrumento que nadie iba a tocar. En el quinto piso alguien había puesto una maceta con una planta seca. Nadie la había regado en mucho tiempo y nadie la había quitado tampoco, que es la forma que tienen los objetos abandonados de volverse invisibles.


El cuarto era lo que era: cuatro metros por cinco, una ventana con vista al patio interior, una cama angosta, un escritorio de madera clara con una quemadura de cigarro en la esquina, una silla, un armario empotrado que olía a naftalina y a algo más antiguo que la naftalina. El radiador, como había prometido el propietario, hacía ruido. Un golpeteo metálico, irregular, que de noche sonaba como alguien probando si había alguien adentro.


Me instalé en tres horas. No tenía mucho. Una maleta, los libros que caben en una maleta cuando uno sabe que se va a quedar un tiempo pero no sabe cuánto, un par de cosas de cocina que al final no iba a necesitar porque la cocina compartida del piso estaba en un estado que prefiero no describir. Puse los libros en el escritorio. Me senté en la silla. Miré la pared.


La pared frente al escritorio tenía una mancha de humedad en la esquina superior izquierda que con cierta imaginación parecía un mapa. No de ningún lugar conocido. Un mapa de un lugar que alguien había inventado o que existía en algún sistema de coordenadas que no era el nuestro. La miré un rato. Después dejé de mirarla y encendí la lámpara del escritorio porque afuera ya era de noche y el patio interior no daba luz sino sombra, ese tipo de sombra húmeda que tienen los patios parisinos en noviembre.


La primera noche no pasó nada. Dormí mal por el radiador y me desperté dos veces pensando que alguien caminaba en el pasillo, pero cuando abrí la puerta no había nadie. El pasillo estaba oscuro, la bombilla del fondo había muerto y nadie la había cambiado, y el único sonido era el del edificio asentándose, ese lenguaje de madera y yeso que los edificios viejos hablan solos cuando creen que no hay nadie escuchando.


La segunda noche empezó a oler.


No era un olor desagradable. Era un olor viejo, a ropa guardada durante años, a papel de carta, a algo floral que no pude identificar y que no coincidía con ningún perfume que yo conociera. Venía del armario. Lo abrí. Adentro no había nada, solo las perchas vacías y ese olor que salió despacio, como quien ha esperado mucho tiempo para salir y no quiere hacerlo con prisa.


Revisé los estantes de arriba. En el último, empujado hacia el fondo, había una caja de zapatos. La saqué. Adentro no había zapatos sino cartas, unas cuarenta o cincuenta, todas escritas a mano con una letra apretada y muy pequeña, en francés, sin fecha. No las leí esa noche. Las puse sobre el escritorio y me quedé dormido mirando la mancha de humedad que seguía pareciendo un mapa.


Al día siguiente Anahit me dijo, cuando bajé a preguntar por la calefacción central, que en el sexto piso había vivido una mujer durante mucho tiempo. No supo decirme cuánto. Dijo solamente que llegó antes de que ella empezara a trabajar ahí y que se fue hace tres meses sin avisar. Dejó las llaves en el buzón en un sobre sin nota. Anahit la describió así: una mujer de edad indefinida, ni joven ni vieja, que salía muy temprano y volvía muy tarde y que nunca recibió visitas. Que llevaba siempre el mismo abrigo, uno largo y oscuro, y que saludaba con un gesto que no llegaba a ser una sonrisa pero que tampoco era frialdad, era más bien la expresión de alguien que ha aprendido a existir en los márgenes de la vida de los demás sin molestar y sin pedir nada.


Le pregunté cómo se llamaba.


Anahit pensó un momento. Dijo un nombre que no entendí bien, que sonaba a otra lengua dentro del francés, y después dijo que en realidad no estaba segura, que eso era lo que creía haber leído en el buzón una vez, hace años.

Volví al sexto piso y leí las cartas.


Estaban escritas todas en el mismo tono, que era un tono de alguien que escribe para sí mismo pero con la forma de dirigirse a otro. No tenían destinatario visible. Hablaban de cosas cotidianas: el olor de la boulangerie de la esquina a las seis de la mañana, el sonido del metro que se filtra hasta el patio interior en los días de silencio, la luz que entra por la ventana del patio en agosto y que dura exactamente veintidós minutos antes de que el ángulo del edificio de enfrente la corte. Hablaban de una planta en el quinto piso que había que regar y que nadie regaba. Hablaban de un hombre en el cuarto piso que escuchaba ópera los domingos y cuya voz al cantar llegaba hasta arriba, transformada en algo irreconocible pero no desagradable.


No había nada extraño en las cartas. Eso era lo extraño.


Empecé a notar otras cosas. En el armario, detrás de la barra de las perchas, había marcas en la madera. Rayas horizontales, muchas, trazadas con algo afilado. Conté cuarenta y tres. No tenían espaciado regular ni ningún patrón que yo pudiera descifrar. En el escritorio, en la parte de abajo del cajón, alguien había pegado con cinta una foto recortada de una revista. Era una imagen en blanco y negro de una calle que podía ser cualquier calle de cualquier ciudad europea, vacía, con la luz de la mañana. Sin título, sin referencia.


Una semana después de llegar empecé a escuchar pasos.


No de noche. De día, en las horas en que el edificio está más silencioso, entre las dos y las cuatro de la tarde cuando todos están trabajando o durmiendo. Pasos en el pasillo, lentos, que llegaban desde el fondo y se detenían frente a mi puerta. Nunca llamaban. Nunca seguían. Simplemente se detenían, y después de un tiempo que no sabría medir porque en esos momentos el tiempo funciona distinto, se iban.


Abrí la puerta tres veces. Las tres veces el pasillo estaba vacío. La tercera vez me quedé en la puerta un momento y miré hacia el fondo del corredor, hacia el cuarto que debía estar vacío según el propietario, y vi que por debajo de la puerta había una franja de luz.


Fui a hablar con Anahit.


Me dijo que ese cuarto llevaba años sin inquilino. Que la llave estaba en su poder y que nadie había pedido entrar. Me la prestó sin hacerme preguntas, que es la clase de discreción que uno aprende cuando lleva muchos años siendo portera de un edificio viejo.


Abrí la puerta.


El cuarto estaba vacío. Sin muebles, sin nada en las paredes, sin olor particular. La ventana daba al patio interior igual que la mía. En el suelo, en el centro exacto del cuarto, había una taza de café. No estaba fría. La envoltura del azúcar, uno de esos sobrecitos de papel que dan en los cafés, estaba al lado, doblada cuidadosamente, sin abrir.


Volví a mi cuarto. Me senté en la silla. Miré la mancha de humedad.

Esa tarde escribí en el reverso de uno de los sobres de las cartas: el café estaba caliente. Lo puse encima del escritorio y salí a caminar por la Rue du Faubourg Saint-Denis hasta que el frío me venció.


Cuando volví, el papel había desaparecido. En su lugar había otro, del mismo tipo, con la misma letra apretada y pequeña. Decía: lo sé.


No supe qué hacer con eso. No supe si tener miedo o sentir otra cosa que no tenía nombre todavía. Me fui a dormir sin cenar y el radiador estuvo quieto toda la noche por primera vez desde que llegué, y eso fue lo más extraño de todo, ese silencio repentino del metal que había estado golpeando cada noche como si quisiera decirme algo y que esa noche, de pronto, ya no tenía nada que decir.


A la mañana siguiente encontré sobre el escritorio las cuarenta y tres cartas ordenadas. No en el orden en que yo las había dejado, revueltas, sino en un orden que alguien había decidido y que yo no podía leer porque no era un orden cronológico ni alfabético ni ningún orden que yo conociera. Era otro tipo de orden. El tipo de orden que tiene sentido para alguien que ha vivido en un lugar el tiempo suficiente para entender cómo funciona realmente.


Nunca vi a nadie.


Pero durante los cuatro meses que viví en el sexto piso del número 74 de la Rue du Faubourg Saint-Denis, el café de la mañana me lo encontré hecho tres veces más, la planta del quinto piso volvió a tener hojas verdes sin que yo la regara, y una noche de diciembre, cuando el frío entró por la ventana que había olvidado cerrar, alguien la cerró.


Me fui en marzo. Dejé las llaves en el buzón en un sobre sin nota. Dejé las cartas sobre el escritorio, en ese orden que no era mío. No sé si era un gesto de cortesía o de algo más complicado. Sé que al bajar los seis pisos por la escalera de servicio, en el quinto, me detuve frente a la maceta. Tenía flores.

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