El peso del esmalte
- Xaime Betancur

- 29 mar
- 5 Min. de lectura

El peso del esmalte
Por: Xaime Betancur
Trieste, Italia. Barrio de Cavana.
Llegué a Trieste un martes de octubre, cuando la bora todavía no había decidido si quedarse o seguir hacia el Adriático. Ese viento tiene carácter: a veces pasa rozando apenas los paraguas y los toldos viejos, casi disculpándose; otros días empuja con la convicción de alguien que tiene algo que probar. Ese martes estaba indeciso. Los días ambiguos producen mejores observaciones.
Tenía reservada una habitación en un hotel pequeño sobre la Via Geppa, a dos cuadras del Canal Grande, que en Trieste no tiene nada de veneciano salvo el nombre y cierta nostalgia estructural. Lo dirigía Margherita Toth, apellido húngaro en una ciudad que los colecciona, una mujer de unos sesenta años que firmaba los recibos con una M sola y sin apellido, como si el resto de su identidad fuera un asunto que no le concernía al huésped. La habitación olía a lavanda y a papel húmedo. Desde la ventana se veía la parte trasera de una panadería cuya chimenea exhalaba desde las cuatro de la mañana. Me instalé sin deshacer del todo el equipaje. Nunca lo hago del todo.
El encargo venía de Claudia Vranitzky, viuda de un funcionario consular austrohúngaro tardío cuya familia había vivido en Trieste durante tres generaciones. Necesitaba que alguien verificara la procedencia de un objeto. En la primera llamada lo llamó la caja. En la segunda, el cofre. La noche antes de que yo tomara el tren desde Milán dijo: la cosa que me dejó mi suegra, y ahí me quedé con esa frase porque algo en el cambio de palabras me pareció más informativo que cualquier descripción.
Claudia no estaba en Trieste. Me había enviado por mensajería una llave de latón con una etiqueta que decía Locanda Ritter, hab. 4, una dirección en Cavana, y una nota manuscrita con letra pequeña y segura.
Usted sabrá qué hacer con lo que encuentre. Yo prefiero no saberlo todavía.
Cavana es el barrio más viejo de Trieste, lo que en esta ciudad quiere decir el más silencioso. Sus calles no siguen ninguna lógica explicable a un forastero: arrancan en diagonal, se interrumpen en escaleras, reaparecen más arriba con otro nombre o sin nombre. Las casas tienen colores que fueron intensos hace un siglo y que ahora son sugerencias: un amarillo que recuerda al amarillo, un verde que negocia con el gris. En los dinteles de algunas puertas todavía se leen apellidos en alemán o en esloveno, los dos idiomas que esta ciudad guardó durante décadas como si fueran una segunda dentadura. Los pocos turistas que llegan a Cavana miran los canales pequeños con la expresión de quien esperaba algo más sin saber exactamente qué.
La Locanda Ritter no funcionaba como locanda desde hacía tiempo. Era un edificio de cuatro pisos con la planta baja clausurada, las persianas de madera pintadas de un verde botella que el sol había ido convirtiendo en verde ceniza. El portal estaba abierto. El ascensor no funcionaba. Subí por una escalera de mármol rayado cuya barandilla de hierro tenía la forma de una enredadera estilizada, ese tipo de ornamento que el siglo veinte consideró excesivo y el veintiuno todavía no sabe si lamentar.
La habitación cuatro tenía la llave. Abrí sin llamar.
Dentro hacía un frío seco que no era de invierno sino de abandono. Había una cama con el colchón cubierto por una sábana, un armario de nogal con las puertas entornadas, una mesa pequeña junto a la ventana. Encima de la mesa, sobre un paño de terciopelo burdeos con los bordes levemente descoloridos, la caja.
No era grande. Cabía entre mis dos manos. Madera lacada, probablemente del dieciocho, oscura casi hasta el negro, con incrustaciones de nácar en la tapa: dos pájaros enfrentados sobre una rama, las colas desplegadas en simetría. Trabajo vienés del período josefino, o algo que lo imitaba con suficiente convicción. Los herrajes de cierre eran de plata oxidada. Olía a mastic, la resina que usan algunos restauradores, y debajo de eso a algo más dulce que pertenecía al contenido y no al trabajo.
La abrí.
Dentro había dos cosas. Un par de guantes de cabritilla blanca, de mujer, talla muy pequeña, con una mancha oscura en el interior del guante derecho a la altura del índice, que podía ser tinta o podía ser otra cosa. Y una fotografía en formato cabinet, montada sobre cartulina gruesa con el nombre del fotógrafo impreso abajo: Atelier Schreiber, sin dirección ni ciudad. En la fotografía, una mujer de pie junto a una columna falsa, el atrezzo habitual de la época, vestida con ropa de cierta categoría aunque la imagen estaba demasiado amarillenta para precisar los detalles. Lo que sí era claro era su expresión: no miraba al objetivo sino levemente a la izquierda, como si alguien hubiera llamado su atención justo antes del disparo. En ese medio perfil había algo que no encajaba con la pose formal del retrato. No era miedo. No era exactamente eso.
Di vuelta a la fotografía. En el reverso, con tinta sepia, en una letra que reconocí como la misma de la nota de Claudia aunque más joven, había una sola línea.
Si esto llega a tu mano significa que yo no pude.
No pude qué. Me quedé un momento de pie junto a la ventana mirando el callejón de abajo, donde una gata gris cruzaba con la deliberación de quien conoce cada piedra. La bora había tomado una decisión mientras yo estaba adentro y ahora movía con convicción el único árbol visible, un olmo delgado que crecía entre dos adoquines como por un malentendido de la naturaleza.
Puse la fotografía de vuelta. Los guantes en su lugar. Cerré la caja.
Saqué la libreta, que es de piel italiana marrón oscuro, páginas sin renglones. Escribí la fecha, la dirección, una descripción breve. Al final anoté la frase del reverso. La anoté dos veces. No sé por qué lo hago a veces. No siempre sirve de algo.
Bajé cuando empezaba a oscurecer. En Trieste en octubre el atardecer se toma su tiempo: el cielo pasa por una serie de naranjas y rosas que en otras ciudades serían ostentosas y aquí parecen parte del inventario habitual. Caminé hasta el Caffè San Marco. Techos altos, espejos con marcos de madera oscura, mesas de mármol blanco con venas grises. Un camarero llamado Bassi, según su plaquita de solapa, trajo el caffè corretto sin preguntar nada, que es la forma más inteligente de atender.
Llamé a Claudia cuando terminé. No respondió. Le dejé un mensaje corto: la caja estaba intacta, tenía preguntas, que me llamara cuando pudiera.
No llamó esa noche.
Al día siguiente fui a la Biblioteca Civica Attilio Hortis y pedí los registros consulares del período austrohúngaro. El archivero que me atendió, Ruggero Palese, hombre joven con anteojos redondos y una camisa de botones que era cara sin presumirlo, recibió mi solicitud con ese cuidado silencioso de quien respeta los documentos más que a las personas que vienen a consultarlos. Me pareció una actitud completamente razonable.
El apellido Vranitzky aparecía en documentos de 1887, 1903 y 1911. La entrada de 1903 era un inventario notarial en alemán que listaba, entre los bienes de la familia, una Schatulle aus lackiertem Holz mit Perlmutteinlagen. Una caja de madera lacada con incrustaciones de nácar. El objeto registrado como herencia directa de Frau Irene Vranitzky-Bauer, fallecida ese año. Sin causa especificada.
La busqué en el registro de defunciones. Irene Vranitzky-Bauer, cuarenta y dos años, febrero de 1903. Causa: collasso cardiaco. En los registros de esa época el paro cardíaco funciona a veces como causa real y a veces como forma educada de cerrar el asunto.
Fotografié las páginas y le devolví los documentos a Ruggero Palese, que los recibió con las dos manos.



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