Totó la Momposina: la voz que nombró a toda Latinoamérica
- Xaime Betancur

- 19 may
- 6 min de lectura

Por: Xaime Betancur
Murió hoy y yo no sé todavía cómo nombrar lo que siento. No es el dolor de perder a alguien cercano. Es algo más extraño, más difícil de ubicar: la sensación de que el mundo acaba de quedar un poco más huérfano de sí mismo.
La escuché por primera vez sin saber que la estaba escuchando. Eso pasa con las cosas que van a importar de verdad: no anuncian su llegada. Entran despacio, se instalan en algún lugar del cuerpo donde uno no sabe que guardaba espacio, y solo años después uno entiende que algo cambió en ese momento sin que lo notara.
Su voz era eso. Una voz que no pedía permiso para entrar.
Crecí creyendo que lo importante venía de afuera. Era diseñador, pensaba en formas y en sistemas y en la elegancia de las soluciones, y todas mis referencias apuntaban hacia el norte, como si el sur fuera solo el lugar desde donde uno miraba llegar las ideas buenas. Tenía oficio. Tenía criterio. Tenía la convicción tranquila de quien sabe lo que hace. Y sin embargo, algo me faltaba y no sabía qué era porque nunca lo había tenido.
En 2013, en Bogotá, en un evento lleno de pantallas y de gente hablando de innovación y de futuro, Totó la Momposina se subió a un escenario y dijo que solo nos podía inspirar de la manera en que mejor sabía. Y abrió la boca y cantó a capella El Pescador.
Sola. Sin nada.
La sala entera se detuvo. No porque alguien lo pidiera. Porque esa voz era más antigua que el ruido y el ruido simplemente lo supo.
Yo me quedé quieto de una manera que no era solo física. Algo adentro se quedó quieto también, algo que había estado moviéndose sin descanso en la dirección equivocada. No lo entendí en ese momento. Solo sentí que esa voz me estaba diciendo algo que yo ya sabía pero que había olvidado, o que nunca había sabido decirme a mí mismo.
Cuando terminó, pasó entre las mesas. Llegó a donde yo estaba. Le dije lo que uno dice cuando está frente a alguien que no sabe lo que ha significado en su vida. Ella me miró con esos ojos que ya lo habían visto todo y me dijo que la mayor inspiración estaba en lo nuestro. En nuestra tierra.
Así. Sin adorno. Como si fuera lo más obvio del mundo.
Llevo trece años pensando en esa frase.
No porque sea una frase extraordinaria. Sino porque en ese momento, dicha por ella, en ese contexto, me cayó como cae la verdad cuando uno por fin está listo para recibirla: con una mezcla de revelación y de vergüenza, la vergüenza de no haberlo visto antes.
Lo nuestro. Nuestra tierra.
No lo decía como consigna nacionalista ni como slogan de turismo cultural. Lo decía desde adentro, desde un lugar donde esas palabras no son abstractas sino concretas y físicas: el barro del río, el tambor que heredó de su padre que lo heredó del suyo, la voz de las cantadoras que lavaban ropa en el Magdalena y cantaban lo que sentían porque nadie les había dicho que eso no era suficiente para ser arte.
Ella era la prueba viviente de que este continente tiene un idioma propio. No el idioma que nos impusieron ni el que importamos después por voluntad propia, sino el que fuimos creando en los cruces, en las orillas, en los puertos donde se mezclaron sin pedírselo los que llegaron encadenados y los que ya estaban y los que vinieron a dominar y terminaron también mezclándose. Ese idioma que no está en ninguna academia pero que suena inmediatamente reconocible para cualquiera que haya nacido en este lado del mundo, aunque no sepa de dónde le viene ese reconocimiento.
Eso era su voz. El idioma que somos cuando nos dejamos de pretensiones.
Me cambió la forma de mirar. No de golpe, que los cambios verdaderos nunca son de golpe. Me la fue cambiando despacio, en los años que siguieron, cuando empecé a entender que el trabajo con la cultura no es trabajo de conservación sino de escucha. Que lo que un artesano sabe en las manos, que lo que una cantadora sabe en la garganta, que lo que un cocinero sabe en el olfato no son saberes menores ni pintorescos ni dignos de ser rescatados con la condescendencia del que rescata. Son formas de conocer el mundo tan rigurosas y tan complejas como cualquier teoría que yo pudiera aprender en un libro o en un aula.
Ella lo sabía antes de que yo tuviera palabras para pensarlo. Lo sabía porque lo era. Porque no había separación entre lo que conocía y lo que era. Esa unidad que en los discursos académicos se llama conocimiento encarnado a ella simplemente se le llamaba vivir.
Me pregunto cuántas veces un continente entero puede estar parado frente a su propia identidad sin reconocerla. Cuántas veces necesita que alguien le cante a capella en una sala que no estaba preparada para ese silencio para que algo se despierte. Y me pregunto cuántos de los que estábamos ahí ese día en Bogotá nos fuimos con esa frase dándoles vueltas, o si fui solo yo, o si ella lo decía en cada mesa porque lo había dicho mil veces y seguía diciéndolo porque seguía siendo necesario.
Lo nuestro. Nuestra tierra.
Pienso en lo que significa haber nacido aquí y pasar la vida mirando hacia afuera. Pienso en la cantidad de energía que gastamos en este continente tratando de parecernos a algo que no somos, importando modelos que no nacieron de nuestra realidad y aplicándolos sobre una tierra que tiene sus propias lógicas, sus propias formas de organizarse, sus propias maneras de ser bella y de ser terrible. Pienso en todo lo que dejamos ir porque no supimos verlo, en todas las cantadoras que murieron sin que nadie les preguntara lo que sabían, en todos los oficios que se perdieron porque el mundo moderno les convenció a sus portadores de que eran atraso.
Ella se negó a creer eso. Durante décadas, en escenarios del mundo entero, se paró a demostrar que lo que venía del Magdalena y de la depresión momposina y de los patios de tierra donde las mujeres cantaban mientras trabajaban era tan universal como cualquier cosa que hubiera nacido en Europa o en los Estados Unidos. No lo demostró con argumentos. Lo demostró cantando. Que es la única demostración que no se puede refutar.
Eso es lo que pierdo hoy. No una artista, aunque era una artista extraordinaria. Pierdo una presencia en el mundo. La certeza de que existía alguien que sabía eso de esa manera y que lo sostenía de esa manera y que cuando uno lo necesitara podía poner un disco o recordar una tarde en Bogotá y escucharla decir, con la misma calma con que se dicen las cosas que siempre han sido verdad, que la mayor inspiración estaba en lo nuestro.
Totó era Latinoamérica entera en una voz. No Colombia, no el Caribe, no un género musical. Era el argumento completo de que somos algo, de que tenemos un idioma propio, de que las mezclas que nos hicieron no fueron solo una herida sino también una creación. Era la demostración de que la identidad no se decreta ni se diseña ni se innova en un laboratorio. La identidad se canta. Se transmite de cuerpo a cuerpo. Vive mientras alguien la sostenga y se muere un poco cada vez que nadie la recibe.
Hoy se murió un poco más.
Y sin embargo. Sin embargo pienso en esa sala en Bogotá, en ese silencio que su voz produjo en un espacio que no estaba hecho para ese silencio, y pienso que eso no desaparece. Que los silencios de ese tipo dejan una marca en los cuerpos que los vivieron. Que yo llevo ese momento adentro y que cambia la manera en que miro y la manera en que trabajo y la manera en que entiendo para qué sirve lo que hago.
Eso es lo que ella dejó. No en mí solo. En todos los que alguna vez la escucharon de verdad.
La mayor inspiración está en lo nuestro. En nuestra tierra.
Gracias, Totó. Ya sé lo que me quisiste decir.




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