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Medellín: Beata de día, maleva de noche

26 jun
8 min de lectura

Crónica de una ciudad que rezaba en misa y bailaba tango en el arrabal


Pareja mayor bailando abrazada en un bar tenue, con fotos en la pared; otro hombre mira sentado, ambiente nostálgico.

Por: Xaime Betancur


Mi tía abuela Celina regentó la heladería "El Panorama" en Donmatías hasta pasados los noventa años, con una terquedad que en Antioquia se confunde con virtud. El local olía a aguardiente derramado y a madera vieja, y ella se movía entre los mesones con una cadencia que no pertenecía al paso de ninguna otra persona que yo conociera. Desde un equipo que quedaba detrás del mostrador sonaba algo lento y herido, una voz de hombre contando un secreto a gritos. En Donmatías uno aprendía que eso era tango antes de aprender cualquier otra cosa sobre música. Nadie lo explicaba porque no hacía falta. Era como aprender que llovía en abril o que el aguardiente sin registro era mejor que el del supermercado: verdades que el pueblo transmitía por ósmosis, sin pedagogía.


Celina no era mujer de explicaciones. Era mujer de hechos. Y uno de esos hechos, sostenido durante décadas, era que en su heladería sonaba tango. No vallenato y tampoco la misa en diferido que ponían en los otros establecimientos del parque. Tango. Gardel sobre todo, pero también Alfredo De Angelis, el polaco Goyeneche, o algunos de los tangueros más tradicionales de colombia como El Caballero Gaucho. Yo la veía moverse entre las mesas con ese paso suyo, tan particular, y no entendía que lo que estaba viendo era una mujer que había construido su mundo interior alrededor de esa música y que lo defendía con la misma tranquilidad con que defendía el precio de sus tragos frente a cualquier regateo.


Lo que no entendía entonces, y tardé años en entender, era que Celina no era una rareza. Era Medellín en pequeño.


El tango llegó a esta ciudad antes que a casi cualquier otra de Colombia. No llegó por los teatros ni por la radio, que en los años veinte era todavía un lujo intermitente. Llegó por el ferrocarril de Antioquia, en los bolsos de los arrieros y los comerciantes que subían y bajaban mercancía entre el río Magdalena y la montaña. Llegó en forma de acetatos que en Buenos Aires todavía eran considerados cosa de prostíbulos y cuchillos, música de compadritos y mujeres de vida fácil, un género que la gente decente del Río de la Plata miraba con la misma mezcla de fascinación y asco con que se mira cualquier cosa que nos gusta demasiado. Aquí esos discos fueron recibidos de otra manera. O quizás exactamente de la misma, solo que sin el asco.


Lo que sí quedó claro, con el tiempo, es que la ciudad se enamoró sin pedir permiso.


Hay algo paradójico en eso que todavía no termino de resolver del todo. Medellín es una ciudad antioqueña hasta los huesos: trabajadora, católica, con esa desconfianza del derroche emocional que los paisas heredaron de algún lugar que ya nadie recuerda con precisión pero que todos reproducen con fidelidad. Una ciudad donde el hombre que llora en público es sospechoso y la mujer que baila con demasiado desparpajo también. Una ciudad que mide el afecto en obras y que aprendió a callarse los sentimientos antes de aprender a tenerlos. El paisa modelo no exhibe, no derrocha, no se abandona. Trabaja, ahorra, construye, y si en algún momento siente algo demasiado grande para el pecho, lo guarda.


Esa misma ciudad adoptó el tango, que es todo lo contrario. El tango es el derroche convertido en forma artística. Es la traición nombrada sin eufemismos, el deseo dicho en voz alta, el cuerpo que busca otro cuerpo con una franqueza que no pide disculpas. Las letras hablan de cuchillo y de mujer que se va con otro y de hombre que llora en una esquina porque ya no hay nada que hacer. El abrazo en la pista es íntimo de una manera que en cualquier otro contexto sería escandaloso. No hay nada más alejado del ideal paisa que un tango bien bailado, y sin embargo el tango prendió aquí con una intensidad que Buenos Aires tardó en entender y que todavía hoy resulta difícil de explicar desde afuera.


Desde adentro, en cambio, tiene una lógica que se siente antes de pensarse.

Los paisas llegaron al tango por la misma razón que llegaron a la cantina y al aguardiente y a la trova: porque necesitaban un lugar donde las emociones que la cultura oficial no les permitía mostrar pudieran existir de todas formas. El tango era ese lugar. En la pista o escuchando desde una mesa, el hombre paisa podía sentir cosas que en la calle o en la iglesia o en la oficina no tenían cabida. La traición, la nostalgia, el deseo, la rabia. Todo eso que se guarda durante la semana encontraba en el tango una salida que no comprometía la reputación porque era música, porque era arte, porque era otra cosa. El tango le prestaba palabras a lo que no se podía decir.


Cuando llegué a Medellín a mis diez años ya cargaba ese sonido desde Donmatías, desde la heladería de Celina, desde los años en que el tango era simplemente el aire de ciertas tardes. La ciudad me recibió con lo que siempre les dice a los que llegan de municipio: que el centro era peligroso, que ahí ya no había nada que hacer, que la gente de bien vivía en El Poblado o en Laureles y que el resto era pasado o descuido. Me lo creí por muchos años hasta que me hice mayor. Es fácil creérselo cuando todos repiten lo mismo con la misma convicción, cuando el miedo lleva décadas organizando la geografía de la ciudad mejor que cualquier planificador urbano.


El Homero Manzi me desmintió una noche sin proponérselo.


El local queda en el centro cerca de Bomboná, en esa centro de la ciudad que los medios llamaban durante años "el peligro", como si el peligro fuera un barrio con dirección propia. Entré porque alguien me había dicho que ahí sonaban tango de verdad, sin saber bien qué significaba eso. Lo que encontré fue un espacio que había decidido no rendirse. Las mesas son pequeñas y están cerca unas de otras, la luz tiene esa temperatura exacta que invita a quedarse sin hacerlo explícito, y en la pista hay personas que aprendieron a moverse antes de que yo aprendiera a caminar. Viejos con traje, algunos. Mujeres de mediana edad que bailan con una soltura que no se aprende en un taller de fin de semana sino en años de práctica sostenida. Parejas que no necesitan mirarse para saber dónde va el otro. Me senté en la barra que en esa época quedaba al lado de la puerta. Pedí algo de tomar. Ahí estaba de nuevo esa música que Celina ponía en la heladería de Donmatías sin darle mayor importancia, como quien abre una ventana porque hace calor.


El nombre del bar no es un accidente. Homero Manzi fue uno de los grandes letristas del tango argentino, autor de "Sur" y "Malena" y "Milonga del 900", un hombre que escribió sobre el arrabal porteño con una precisión que venía de haberlo vivido. Que un bar en el centro de Medellín lleve su nombre dice algo sobre el tipo de devoción que esta ciudad tiene por ese género. No es nostalgia turística ni decoración temática. Es un linaje que alguien decidió sostener con nombre propio.


El centro de Medellín se vació de familias en los años ochenta y noventa. Lo que pasó en esa época es conocido y no hace falta detallarlo aquí, pero sus efectos sobre la geografía urbana son visibles todavía: una ciudad que le dio la espalda a su propio corazón, que construyó sus nuevos imaginarios de prosperidad en los extremos norte y sur y dejó el centro para los que no podían irse o no querían. Los que se quedaron sostuvieron una ciudad dentro de la ciudad, con sus propias reglas y su propia economía y su propio tiempo. En las cantinas y salones que resistieron sin que nadie les prestara atención, el tango esperó con la paciencia de lo que sabe que no va a desaparecer porque ya ha sobrevivido a cosas peores.


Lo que encontré en el Homero Manzi y en las noches que siguieron no era una postal de ciudad antigua ni un intento de recuperar algo perdido. Era una resistencia tranquila, casi indiferente a su propio mérito. Gente que había decidido que el arrabal era suyo y que no necesitaba que nadie se los reconociera. Los viejos que bailaban ahí no estaban guardando una tradición ni defendiendo un patrimonio. Estaban haciendo lo que habían hecho siempre, en el único lugar donde siempre lo habían hecho, con la misma naturalidad con que Celina ponía un disco en la heladería de Donmatías sin explicarle nada a nadie.


Fui volviendo. Cada vez entendía un poco más, o quizás aprendía a entender menos y a escuchar más, que no es lo mismo. Aprendí que un tango puede bailarse con una gravedad que no tiene nada de tristeza, que el abrazo en la pista es una conversación sin palabras que lleva años aprender a sostener sin tensión y sin abandono. Aprendí que hay una diferencia enorme entre bailar tango y moverse al compás del tango, y que esa diferencia tiene que ver con algo que no se puede enseñar en una clase sino que se adquiere con el tiempo, como se adquiere cualquier idioma verdadero. La gente que baila ahí no escapa de nada. Está más presente que la mayoría de personas que uno encuentra en espacios donde se supone que hay que estar presente.


Hubo una noche en que me quedé hasta tarde viendo bailar a una pareja que debía tener entre ellos más de ciento cuarenta años sumados. Él con saco, ella con una falda larga que hacía lo que él le pedía sin que él pareciera pedir nada. Se movían despacio bailando el tango de piso, sin mostrar esfuerzo, como si el tango fuera el estado natural de sus cuerpos y todo lo demás, caminar por la calle o sentarse a comer, fuera el esfuerzo. Pensé en Celina. Pensé en cuántos años había pasado ella escuchando esa música en su heladería, construyendo en silencio el interior de su vida con esos acordes, sin que nadie en Donmatías le preguntara por qué.


Nadie ha podido explicar del todo por qué Medellín y el tango se encontraron con esa intensidad. La teoría más repetida es que el tango hablaba de una nostalgia que los paisas reconocían sin haberla vivido, el idioma perfecto para una cultura de migrantes internos que llegaban del campo a la ciudad y no terminaban de pertenecer a ninguno de los dos mundos. Puede ser. Hay algo en las letras del tango, esa mezcla de orgullo herido y melancolía sin remedio, que resuena con cierta manera paisa de estar en el mundo: estoico por fuera, devastado por dentro, y sin ninguna intención de que nadie lo sepa.


Yo creo también que tuvo que ver con el arrabal propio. Medellín siempre tuvo sus márgenes, sus barrios de ladera donde llegaba la gente del campo a buscar trabajo y encontraba una ciudad que los necesitaba para construirse pero que no los quería del todo en sus espacios de prestigio. Esa gente no se reconocía en la música de las élites ni en los ritmos que la radio oficial promovía como representativos de la nación. El tango les hablaba directo, sin rodeos, en el único lenguaje que no les pedía que fingieran ser otra cosa. Y eso en Medellín, donde la distancia entre lo que se muestra y lo que se siente puede ser abismal, siempre ha valido más que cualquier explicación.


En alguna de esas noches en el Homero Manzi, sin que nadie me lo señalara, entendí lo que Celina había estado haciendo toda la vida en la heladería de Donmatías. No ponía música de fondo mientras atendía el mostrador. Ponía el mundo en su lugar, cada tarde, con la misma precisión con que servía el trago. El tango no era decoración ni nostalgia ni rareza de mujer excéntrica. Era el tono en que había elegido existir, la frecuencia en que su vida interior tenía sentido. Y lo había sostenido durante décadas, en un pueblo antioqueño donde nadie cuestionaba esa elección porque nadie la veía como una elección sino como parte de lo que Celina era, del mismo modo en que la lluvia de abril era parte de lo que el cielo era.


Una ciudad beata que bailaba en el arrabal. Una mujer de más de noventa años en un municipio de montaña que ponía tangos sin pedirle permiso a nadie. No hay contradicción ahí, o si la hay, es el tipo de contradicción que la gente que realmente vive no necesita resolver. Medellín aprendió eso antes que muchas ciudades: que se puede rezar el rosario en la mañana y escuchar a Gardel en la tarde, que la devoción y el arrabal no se cancelan sino que se sostienen, que el alma paisa tiene más espacio del que admite en público.

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