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La tiendita de la esquina

Fotografía en blanco y negro de dos hombres jugando al dominó


La puerta está siempre abierta, como si la tienda misma respirara con la calle. No tiene nombre propio, apenas un aviso metálico de gaseosa desteñido por el sol y el agua. El rótulo ya no se lee con claridad, pero no importa: todos saben que esa es “la tienda de Doña Marta”. Es de esas tienditas de barrio que uno encuentra en cualquier esquina de Medellín, con estantes metálicos altos llenos hasta el tope, paquetes colgando del techo, neveras de vidrio que condensan gotas de agua y un surtido que parece abarcarlo todo: desde arroz y fríjoles hasta cepillos de dientes y pilas AA.


A primera vista todo parece un caos, pero basta un minuto para darse cuenta de que cada cosa tiene su lugar preciso.


Al entrar, el olor es inconfundible: una mezcla de café recién colado, bolsas de frituras que esperan en la vitrina de vidrio y galletas envueltas en plástico transparente. Es un aroma que no está en ninguna cafetería moderna, pero que cualquiera que haya crecido en Medellín reconoce al instante, un olor que huele a infancia, a barrio y a cotidianidad.


Detrás del mostrador, con su delantal de flores desteñidas, Doña Marta atiende con la calma de quien lleva décadas en la misma rutina. Tiene un cuaderno gordo, de tapas azules, donde anota con letra redonda y firme las deudas del fiado. “Juan – dos bolsas de leche y un pan”. “Doña Gloria – un aceite y una libra de arroz”. Es un cuaderno que se abre y se cierra mil veces al día, y aunque las hojas ya están arrugadas por el uso, se cuida como si fuera un archivo sagrado. Porque en realidad lo es: es el verdadero banco del barrio.


—¿Cómo va hoy, mijo? —pregunta al muchacho que entra sudado, aún con el uniforme del colegio.

—Una Gala y una gaseosa pequeña —responde él, contando con cuidado las monedas que lleva en el bolsillo.

Doña Marta sonríe. —¿Eso sí le alcanza pa’ matar el hambre hasta la noche?—


En la esquina del local hay una mesa plástica roja que parece tener dueño fijo. Dos señores se sientan allí todos los días a jugar dominó. El sonido de las fichas golpeando contra la mesa se mezcla con la música de fondo, esa que sale de un parlante pequeño colgado en la pared. Cada jugada viene acompañada de comentarios que son mitad queja y mitad burla.—¡Siempre me tocan las piezas malas! —gruñe uno, mientras otro se ríe con la tranquilidad de quien sabe que ya tiene la partida ganada.Un tercero que los observa jugar levanta un vaso de cerveza fría y brinda sin que nadie le siga la corriente. El dominó no es solo un juego: es la manera de marcar que todavía están vivos, todavía cuentan, todavía ocupan su esquina en el mundo.


Mientras tanto, la puerta nunca descansa. Entran y salen clientes con pedidos mínimos: una libra de lentejas, una bolsa de agua, un cigarrillo suelto. Aquí nadie compra para todo el mes, aquí se vive al ritmo de lo inmediato. La economía del barrio es menuda, como las monedas que tintinean en los bolsillos, como las libretas que se llenan de cuentas pequeñas que sumadas son la vida entera.


Una niña llega corriendo con una moneda de doscientos brillante en la mano.—¿Qué me alcanza con esto, doña Marta?—Un dulce, m’hija. Escoja el que quiera.La niña agarra una chupeta y la sostiene como si fuera un tesoro, antes de salir corriendo otra vez a la calle.


En la pared, colgado en alto, un televisor pequeño transmite el noticiero de la tarde, pero nadie lo mira. Aquí la verdadera información se reparte en voz alta: la vecina que cuenta que la hija consiguió trabajo, el señor que advierte de un robo a dos cuadras, la señora que anuncia que la parroquia prepara la novena. La tienda es periódico, radio y red social al mismo tiempo, pero con filtro humano, con la voz cargada de confianza que ninguna pantalla puede imitar.


Cuando empieza a caer la tarde, la tienda cambia de tono. Los estudiantes se van, los compradores de fiado terminan su ronda, y llegan los jóvenes que vienen “por unas polas”. Se acomodan en la acera, arrastran un par de mesas plásticas hacia afuera y ponen música en un parlante portátil. La esquina se transforma en una especie de bar improvisado. No hay decoración ni luces especiales, pero sí una complicidad que no necesita adornos.


Doña Marta se asoma de vez en cuando y les advierte que no hagan tanta bulla, que hay vecinos que madrugan. Pero no los regaña en serio: al contrario, sonríe al verlos. Ella sabe que mientras la tienda siga siendo ese lugar de encuentro, el barrio está vivo.


Un moto-taxista se baja a comprar un tinto y se queda conversando media hora. Una pareja joven entra de la mano y sale con un paquete de galletas que comparten en la acera. Un señor mayor llega con paso lento, compra una cerveza, se sienta en la mesa de los del dominó y se queda en silencio, escuchando. La tienda acoge a todos sin preguntar de dónde vienen ni cuánto traen.


Yo me quedo un rato más, apoyado en la baranda, viendo cómo la luz del día se apaga y la esquina se llena de voces. No es un lugar espectacular, no saldrá en ninguna guía turística, pero guarda algo que ningún centro comercial puede comprar: pertenencia. Aquí cada gesto tiene peso, cada saludo cuenta, cada deuda fiada es también un voto de confianza en el vecino.


Pienso en cuántas tiendas como esta han ido desapareciendo. Algunas se convirtieron en minimercados impersonales, otras cerraron porque los arriendos se volvieron imposibles. Cada vez que una tiendita baja la cortina para siempre, no se pierde solo un negocio: se pierde el corazón de una cuadra, la memoria de cientos de conversaciones, el refugio cotidiano de un barrio entero.


Salgo finalmente con una lata de pola en la mano. Afuera, la acera es un pequeño carnaval improvisado: risas, fichas de dominó, canciones de despecho, voces que suben y bajan con la noche. Me alejo unos metros y, aun así, el sonido de la tienda me sigue, como un latido.


Mientras existan estas tiendas, Medellín seguirá siendo Medellín. No porque vendan lo que todos necesitamos —que también—, sino porque en ellas se sostiene lo invisible: la confianza, la palabra, el saludo y el encuentro. Son, en definitiva, el archivo vivo de lo que somos.

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